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Adiós al pago manual y a las tradicionales filas de vehículos. Los históricos peajes de Púa y Quepe serán transformados en sistemas de cobro electrónico mediante pórticos, en un proceso que comenzaría a fines de septiembre y que debería estar operativo a mediados de 2027. El cambio promete mayor fluidez para los conductores, pero también amenaza con poner fin a una actividad comercial que durante décadas se desarrolló al alero de estas plazas de peaje.

Los conductores que durante años han reducido la velocidad, buscado monedas y detenido sus vehículos para pagar en las casetas de Púa y Quepe deberán comenzar a despedirse de una escena que parecía inamovible en la Ruta 5.

La infraestructura que durante décadas formó parte del paisaje cotidiano de quienes recorren La Araucanía será sometida a una profunda transformación. La Seremi de Transportes confirmó que ambos puntos avanzarán hacia un sistema de cobro electrónico mediante TAG, eliminando las actuales casetas y reemplazándolas por modernos pórticos.

La modificación no es menor. Significa el término de una forma de cobrar los peajes que ha acompañado durante años a miles de automovilistas y transportistas y el ingreso definitivo a un modelo en que el conductor ya no tendrá que detenerse para pagar.

Las obras para retirar las casetas y modificar la infraestructura comenzarían a fines de septiembre, mientras que la proyección de la autoridad apunta a que el nuevo sistema pueda estar completamente habilitado a mediados de 2027.

De detenerse a simplemente pasar.

El funcionamiento del nuevo mecanismo será radicalmente distinto al actual.

Los vehículos deberán contar con un dispositivo TAG instalado en el parabrisas. Cuando atraviesen los nuevos pórticos, el sistema identificará automáticamente el vehículo y registrará el paso por el punto de cobro.

De esta manera, desaparecerá la tradicional transacción en efectivo o mediante pago manual frente a una caseta. El cobro será posteriormente incorporado al sistema correspondiente y el propietario del vehículo deberá efectuar el pago de acuerdo con la facturación recibida.

La principal ventaja anunciada es evidente: los automovilistas podrán atravesar estos puntos sin detenerse, lo que debería reducir las filas, agilizar el tránsito y disminuir los tiempos de espera.

En una carretera que soporta diariamente un intenso flujo de vehículos, la medida podría representar un cambio significativo, especialmente durante fines de semana largos, vacaciones y períodos de alta circulación.

Pero toda modernización tiene un costo y, en este caso, hay efectos que van bastante más allá de la infraestructura.

El comercio que también desaparecerá.

Existe una imagen que probablemente también comenzará a desaparecer junto con las casetas: los vendedores apostados a un costado de los peajes ofreciendo bebidas, alimentos y productos tradicionales como el charqui a los conductores.

Durante años, estos comerciantes han aprovechado precisamente el momento en que los vehículos se detienen para ofrecer sus productos.

El negocio funciona porque existe una pausa.

El conductor llega al peaje, disminuye la velocidad, detiene el vehículo, paga y permanece algunos segundos en el lugar. Ese tiempo ha permitido que alrededor de estas plazas se genere una actividad comercial que, aunque informal en algunos casos, forma parte del paisaje habitual de la carretera.

Pero cuando los vehículos simplemente pasen bajo un pórtico, esa pausa desaparece y con ella también desaparece una parte importante del mercado de estos vendedores.

Es la otra cara de la modernización.

Mientras el nuevo sistema promete ahorrar minutos a miles de conductores, para algunos comerciantes el cambio podría significar perder en cuestión de meses una fuente de ingresos construida durante años.

¿Quién se hace cargo de los afectados?.

La pregunta es inevitable.

La modernización vial puede ser necesaria. El cobro electrónico es una tecnología ampliamente utilizada y ofrece ventajas evidentes en materia de fluidez y eficiencia. Pero cuando una transformación de infraestructura altera directamente una actividad económica, también corresponde preguntarse qué medidas se adoptarán para quienes resulten afectados.

Hasta ahora, el foco del anuncio está puesto principalmente en la eficiencia del nuevo sistema y en la eliminación de las barreras físicas.

Sin embargo, existe otra discusión que deberá abordarse: qué ocurrirá con los trabajadores vinculados al antiguo modelo y con los comerciantes que durante años han dependido del flujo de pasajeros que generan Púa y Quepe.

No se trata de cuestionar la modernización, sino de advertir que detrás de cada cambio tecnológico existen personas que deben adaptarse a una nueva realidad.

El usuario también deberá cambiar sus hábitos.

Para los automovilistas, el nuevo sistema puede resultar más cómodo, pero también exigirá acostumbrarse a otra modalidad de pago.

El conductor ya no sacará dinero ni tarjeta frente a una caseta. Deberá contar con el dispositivo correspondiente, mantenerlo correctamente asociado a su vehículo y posteriormente revisar y pagar los cobros generados por sus desplazamientos.

Por ello, uno de los desafíos de la implementación será informar adecuadamente a los usuarios antes de que el sistema comience a operar.

¿Qué ocurrirá con quienes no tengan TAG? ¿Cómo se resolverán eventuales errores de lectura? ¿Qué mecanismo existirá para reclamar un cobro que el usuario considere incorrecto? ¿Cómo se garantizará que los conductores ocasionales o vehículos provenientes de otras regiones puedan utilizar el sistema sin inconvenientes?

Son preguntas que deberían ser respondidas antes de que las casetas desaparezcan definitivamente.

Una nueva Ruta 5 para La Araucanía.

Púa y Quepe no serán simplemente dos lugares donde se cambió una caseta por un pórtico.

El proceso representa un cambio de época en la forma de relacionarse con la carretera.

La Ruta 5 será más automatizada, los vehículos circularán sin detenerse y el cobro quedará asociado electrónicamente a cada tránsito. La imagen del conductor entregando dinero a un trabajador detrás de una ventanilla quedará progresivamente en el pasado.

Y junto con ella se irá también una parte del paisaje humano que acompañó durante décadas a estos puntos de la carretera.

La pregunta ahora no es si la tecnología llegará. La tecnología ya está en camino.

La verdadera discusión será si las autoridades serán capaces de hacer que esta modernización sea eficiente para los conductores, transparente en sus mecanismos de cobro y, al mismo tiempo, responsable con quienes inevitablemente quedarán afectados por el fin del sistema tradicional.

Porque cuando las barreras se levanten definitivamente, los automóviles seguirán avanzando.

Pero para algunos, el camino podría volverse bastante más incierto.

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