La agrupación de Collipulli, integrada por mujeres que llevan más de 15 años dedicadas a la alfarería, podrá duplicar su capacidad de producción y mejorar la calidad de sus piezas. El desafío ahora es que un oficio transmitido de madres a hijas pueda seguir siendo también una alternativa de autonomía económica.
En Piutril-Santa Ema, comuna de Collipulli, la alfarería no es solamente un oficio. Para las mujeres que integran la agrupación local, se ha convertido en una forma de preservar conocimientos, fortalecer los vínculos familiares y abrir oportunidades de autonomía económica.
Ese trabajo recibió un nuevo impulso durante este mes con la entrega de un horno destinado a mejorar los procesos de cocción de sus piezas artesanales. La infraestructura permitirá aumentar al doble la capacidad productiva, que actualmente alcanza unas 70 piezas, además de mejorar los estándares de calidad de los productos.
La iniciativa fue apoyada por CMPC, empresa que durante los últimos años también ha participado en procesos de capacitación y entrega de herramientas de trabajo a la agrupación.
“Partimos con CMPC y hasta el día de hoy ha estado presente con capacitaciones, implementación y herramientas de trabajo. Ha sido un trabajo conjunto muy productivo para nosotras”, señaló Lucía Maldonado, representante de Piutril-Santa Ema.
De madres a hijas y ahora a nietas.
La historia de la agrupación comenzó con 12 mujeres. Con el paso de los años, el oficio fue incorporando a sus hijas y posteriormente a sus nietas, convirtiendo la alfarería en una actividad que ya atraviesa tres generaciones.
Ese proceso de transmisión resulta especialmente significativo en una actividad donde buena parte del valor no está únicamente en el producto terminado, sino también en los conocimientos necesarios para elaborarlo.
Lilian García, de 31 años, pertenece a la segunda generación de alfareras. Lleva ocho años dedicada al oficio y aprendió parte de este trabajo a partir de su propia familia.
“Me hace sentir orgullosa ver que se mantiene en el tiempo, que ya está pasando a una tercera generación y ojalá llegue a una cuarta”, comentó.
La continuidad del oficio, sin embargo, enfrenta una pregunta que va más allá de la preservación cultural: ¿puede una tradición artesanal convertirse en una actividad suficientemente sostenible para que las nuevas generaciones decidan mantenerla?
Para las integrantes de Piutril-Santa Ema, la respuesta también pasa por fortalecer su capacidad productiva y mejorar las posibilidades de comercialización.
Alfarería y autonomía económica.
El trabajo desarrollado por la agrupación también tiene una dimensión económica.
Los ingresos obtenidos mediante la venta de sus piezas han permitido a sus integrantes aportar a sus hogares, financiar estudios y disponer de recursos propios.
En ese sentido, la alfarería representa para estas mujeres algo más que la conservación de una tradición. También constituye una herramienta de autonomía y una fuente de ingresos que se desarrolla desde el propio territorio.
La incorporación del nuevo horno apunta precisamente a fortalecer esa dimensión. Una mayor capacidad de producción y mejores procesos de cocción podrían permitir responder a una demanda más amplia sin abandonar el carácter artesanal de las piezas.
Tecnología para preservar una tradición.
El nuevo equipamiento plantea una aparente paradoja: una herramienta tecnológica se incorpora a un oficio cuyo principal valor está precisamente en la tradición y el conocimiento transmitido entre generaciones.
Pero para las alfareras, ambos elementos no necesariamente son contradictorios.
La infraestructura busca mejorar una etapa específica del proceso productivo sin reemplazar el conocimiento artesanal que está detrás de cada pieza. De esta manera, el desafío consiste en utilizar nuevas herramientas para hacer sostenible una actividad que mantiene técnicas y saberes construidos durante años.
Desde CMPC, el subgerente de Relacionamiento Comunitario, Gustavo Apablaza, destacó que el nuevo horno permitirá aumentar la producción y mejorar el estándar de los productos.
“Estamos tremendamente contentos de acompañarlas en este nuevo paso”, señaló.
Las alfareras comercializan además sus productos a través de Primeros Pueblos, iniciativa de CMPC que reúne a 81 emprendimientos y a más de 250 emprendedores, de los cuales, según la empresa, el 70% pertenece al pueblo mapuche.
El desafío de que el oficio siga vivo.
El nuevo horno resuelve una necesidad concreta de la agrupación, pero el desafío de fondo es mayor.
La continuidad de un oficio tradicional depende no solo de contar con mejores herramientas, sino también de que existan espacios de comercialización, acceso a nuevos mercados y condiciones económicas que hagan posible que las nuevas generaciones encuentren en la alfarería una actividad viable.
En Piutril-Santa Ema, ese proceso ya está en marcha. Una tradición iniciada por un grupo de mujeres hace más de 15 años ha logrado llegar a una tercera generación.
Ahora, el desafío será conseguir que ese conocimiento no solo sobreviva como patrimonio familiar y cultural, sino que pueda proyectarse hacia el futuro como una actividad capaz de generar ingresos, autonomía y oportunidades para quienes decidan mantenerla viva.
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