Mauricio Pérez Escobar (37) es el primer habitante de la región en recibir una donación de médula ósea desde Europa. Tras superar las barreras del financiamiento público, hoy se recupera en Santiago con la esperanza de abrazar pronto a sus hijos.
Solo 26 días han pasado desde que la vida de Mauricio Pérez Escobar cambió de rumbo de forma definitiva. Desde una residencia en Santiago, lejos de su hogar en el sector Santa Rosa de Temuco, este hombre de 37 años enfrenta una estricta etapa de controles médicos, cuidados extremos y la ilusión de regresar pronto al sur. Su caso ya es un hito: es el primer paciente de la Región de La Araucanía en recibir un trasplante de médula ósea procedente de Alemania.
El complejo camino comenzó en agosto de 2024. Un desmayo mientras trabajaba, inicialmente confundido con un cuadro respiratorio, derivó meses después en un diagnóstico devastador: linfoma linfoblástico agudo de células T. La quimioterapia se volvió su rutina y el trasplante, su única opción de supervivencia.
La barrera burocrática y el milagro Alemán.
Aunque el programa G.E.S. cubre el financiamiento del procedimiento, la normativa exige que el donante sea un familiar directo. Al no contar con compatibilidad en su entorno, Mauricio se enfrentó al vacío legal y administrativo. Sin embargo, no se rindió. Mediante intensas gestiones, apelaciones y el respaldo crucial de la Fundación DKMS, logró que Fonasa financiara la operación de manera excepcional y activó la búsqueda internacional.
La respuesta llegó desde Europa: una joven alemana de 22 años resultó ser 100% compatible.
«Hay muchas personas que no tienen un donante familiar y bajan los brazos. Es una pelea fuerte luchar contra la enfermedad, ver los cambios físicos y, además, tener que hacer apelaciones, cartas y reclamos», relata Mauricio. Conmovido por su experiencia, hace un llamado urgente a la sociedad: «Quiero fomentar que la gente se inscriba en los bancos de médula. Alguien que se registró al otro lado del mundo me está salvando la vida».
El futuro en Temuco.
Actualmente Mauricio está de alta clínica, pero debe permanecer en la capital para monitorear que su cuerpo no rechace el injerto. El proceso es tan profundo que su sistema inmunológico partirá de cero, obligándolo a reprogramar todo su esquema de vacunas como si fuera un recién nacido.
El costo más alto, confiesa, ha sido la distancia. El contacto con sus hijos de 7 y 12 años se reduce a videollamadas diarias. Pese a la distancia y el dolor, Mauricio asegura estar viviendo una «nueva vida», abriendo un precedente histórico de esperanza para los pacientes oncológicos de La Araucanía.
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