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Desde La Araucanía, la titular de Ciencia, Ximena Lincolao, abrió un debate que va mucho más allá de su identidad personal: qué conocimientos reconoce el Estado como ciencia y cuál debe ser el lugar de los pueblos originarios en el desarrollo científico y tecnológico de Chile.

La frase fue breve, pero políticamente significativa.

Soy mapuche y me siento profundamente orgullosa de serlo”, afirmó la ministra de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, Ximena Lincolao, durante su visita a La Araucanía, en una jornada marcada por la conmemoración del Día Internacional de la Mujer Indígena.

La declaración no fue pronunciada al margen de su función ministerial. Por el contrario, Lincolao la vinculó directamente con la manera en que entiende el rol de la cartera que dirige y con una concepción de la ciencia que busca ampliar sus fronteras tradicionales.

Su planteamiento es claro: el conocimiento acumulado por los pueblos originarios también debe ser considerado dentro de la conversación científica y como un componente potencial del desarrollo del país.

Una definición con contenido político.

Durante el encuentro regional “Raíces que Inspiran, Mujeres que Transforman”, que reunió a cerca de 400 mujeres mapuche de distintas comunas de La Araucanía, la ministra afirmó que los pueblos originarios fueron “los primeros científicos de nuestro territorio”.

Según explicó, mucho antes de que existiera el concepto moderno de ciencia, las comunidades indígenas observaron, sistematizaron y transmitieron conocimientos relacionados con los ciclos de la tierra, el agua, los astros y las propiedades medicinales de las plantas.

La afirmación supone una mirada que desafía la separación tradicional entre “ciencia” y “saberes ancestrales”. Para la ministra, esa frontera no necesariamente debe mantenerse intacta.

“Las extraordinarias mujeres que hoy nos acompañan son herederas de esa tradición y demuestran que estos saberes siguen vivos, evolucionan y contribuyen al desarrollo de nuestro país”, sostuvo.

Y luego vino la definición más explícita: “Ese orgullo también está presente en la forma en que nuestro Ministerio entiende su misión: promover una ciencia que valore distintas formas de conocimiento y reconozca a los pueblos originarios como protagonistas del desarrollo científico, tecnológico y productivo de Chile”.

La Araucanía como escenario.

No es menor que este mensaje haya sido entregado precisamente en La Araucanía.

La región concentra buena parte de las discusiones nacionales sobre reconocimiento indígena, identidad, territorio y relación entre el Estado y el pueblo mapuche. Por eso, cualquier definición de una autoridad nacional respecto del conocimiento ancestral adquiere aquí una dimensión adicional.

La propuesta de Lincolao introduce, además, una pregunta que probablemente irá ganando espacio en las políticas públicas: ¿cómo se incorporan los conocimientos tradicionales de los pueblos originarios a la investigación y al desarrollo tecnológico sin reducirlos a un elemento meramente cultural o folclórico?

La respuesta no es sencilla. Reconocer esos conocimientos como una contribución al desarrollo científico implica también abordar asuntos como propiedad intelectual, protección de conocimientos tradicionales, participación de las comunidades y mecanismos para evitar su apropiación comercial sin beneficio para quienes los han preservado.

En otras palabras, reivindicar el conocimiento ancestral como parte del desarrollo científico no sólo requiere discursos. También exige políticas públicas concretas.

Del discurso a la política pública.

La visita de Lincolao contempló además actividades en establecimientos educacionales de Nueva Imperial, donde compartió con estudiantes y docentes.

El despliegue regional busca acercar la ciencia, la tecnología, el conocimiento y la innovación a los territorios y fortalecer la relación entre las instituciones públicas, municipios, comunidades educativas y actores del ecosistema científico.

Pero el verdadero desafío estará en transformar esa declaración de principios en una política permanente.

Porque reconocer que existen distintas formas de producir y transmitir conocimiento supone revisar también quiénes participan en la construcción de la ciencia, qué saberes reciben financiamiento, qué investigaciones son consideradas prioritarias y quiénes terminan beneficiándose de sus resultados.

Desde esa perspectiva, la intervención de Lincolao en La Araucanía puede leerse como algo más que una declaración identitaria. Es también una definición sobre el tipo de ciencia que pretende impulsar desde el Estado.

Una ciencia que, según la ministra, no sólo debe mirar hacia los laboratorios y universidades, sino también hacia los territorios y hacia conocimientos construidos durante generaciones.

El desafío ahora será comprobar hasta dónde llega esa definición y si logra convertirse en políticas concretas.

Porque reconocer a los pueblos originarios como protagonistas del desarrollo científico y tecnológico de Chile es una afirmación potente. La verdadera discusión comienza cuando llega el momento de demostrarlo con hechos.

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