Por: Daniel Hidalgo Veloso, Historiador, Teólogo, Comunicador, Presidente Comunal de la Federación Regionalista Verde Social (FREVS) Temuco.
La discusión sobre la reforma al sistema político chileno ha sido presentada principalmente como una respuesta necesaria frente a la fragmentación partidaria y a las dificultades que ha experimentado nuestro sistema democrático durante los últimos años. Sin embargo, desde las regiones, y particularmente desde La Araucanía, debemos mirar esta reforma con una pregunta fundamental: ¿estamos fortaleciendo el sistema político o estamos construyendo nuevas barreras para que las regiones puedan tener una voz propia?
El diputado Jaime Mulet, presidente de la Federación Regionalista Verde Social, ha expresado una crítica que compartimos: esta reforma puede terminar favoreciendo a los partidos tradicionales, elevando las exigencias para la creación de nuevas colectividades y dificultando significativamente la existencia de partidos de carácter regional.
Y este no es un asunto menor.
Desde La Araucanía sabemos que la política nacional muchas veces se construye desde Santiago y posteriormente se intenta aplicar de manera uniforme a territorios que tienen realidades completamente diferentes. Nuestra región tiene una historia, una identidad, una estructura económica, social y cultural propia y además, enfrenta desafíos que requieren respuestas políticas específicas.
Por eso la existencia de expresiones políticas regionalistas no debería ser considerada una amenaza para la democracia, sino una oportunidad para fortalecerla.
El problema es que la reforma parece avanzar en una dirección distinta.
Si para constituir un partido político se elevan las exigencias de afiliación y presencia territorial, y particularmente se aumenta el número de regiones necesarias para lograr una presencia suficiente, estamos poniendo una dificultad adicional precisamente a quienes pretenden construir proyectos políticos desde los territorios.
Un partido nacional con una estructura consolidada, recursos, parlamentarios, dirigentes y años de funcionamiento evidentemente tiene mayores posibilidades de cumplir con estos requisitos que una organización política que nace desde una región y pretende representar las necesidades de sus habitantes.
Aquí existe una evidente asimetría.
No podemos pedirle a una organización regional que compita bajo las mismas condiciones de una maquinaria política nacional y después decir que el resultado es producto de la voluntad ciudadana.
Desde la perspectiva regionalista, creemos que el debate debe ser mucho más profundo.
Es legítimo preocuparse por la fragmentación política. Es legítimo establecer mecanismos para evitar que el Congreso se transforme en un espacio donde las alianzas cambien permanentemente y donde los partidos pierdan representación producto del transfuguismo o de cambios de militancia.
Pero una cosa es combatir la fragmentación y otra muy distinta es cerrar las puertas a nuevas expresiones políticas.
Chile necesita partidos capaces de representar a sus ciudadanos, pero también necesita reconocer que no todas las realidades políticas nacen en la Región Metropolitana.
La Araucanía, por ejemplo, ha sido históricamente escenario de debates sobre descentralización, desarrollo territorial, ruralidad, medioambiente, patrimonio, interculturalidad y autonomía de las decisiones regionales. Estos temas requieren representación política, y esa representación no necesariamente tiene que surgir desde los partidos tradicionales.
El regionalismo político tiene precisamente una función, llevar al Congreso y a las instituciones nacionales las preocupaciones que muchas veces no encuentran espacio suficiente en las estructuras partidarias tradicionales.
Por eso preocupa que una reforma destinada a mejorar el sistema político pueda terminar reduciendo la diversidad política existente en Chile.
La Federación Regionalista Verde Social es justamente una expresión de esa mirada. Nuestro proyecto político nació desde una perspectiva regionalista y ecosocial, entendiendo que Chile no puede seguir siendo un país donde las principales decisiones se toman desde el centro y las regiones simplemente reciben sus consecuencias.
Por lo mismo, creemos que una verdadera reforma política debería preguntarse cómo fortalecer a los partidos, pero también cómo fortalecer la democracia territorial.
Y aquí debemos incluir no solamente a los Regionalistas Verdes, sino también a otras fuerzas que buscan construir alternativas políticas diferentes de las colectividades tradicionales, como el Partido Ecologista Verde Animalista, la Izquierda Cristiana de Chile y movimientos que han buscado constituirse como partidos políticos, entre ellos Voluntad para Chile, el Partido Popular de Chile, Partido Reencuentro del Pueblo, y otras expresiones que actualmente intentan organizarse.
La democracia no debería tener miedo a que aparezcan nuevas alternativas.
Por el contrario, cuando la ciudadanía siente que los partidos existentes no representan sus inquietudes, es natural que surjan nuevas organizaciones. Esa renovación debería ser entendida como parte de la dinámica democrática.
La solución a la fragmentación no puede ser simplemente cerrar el sistema.
Si existen demasiados partidos, debemos discutir mecanismos que permitan garantizar representatividad, responsabilidad política, democracia interna, transparencia y permanencia de los proyectos colectivos. Pero debemos hacerlo sin establecer barreras que en la práctica, solo puedan superar las organizaciones políticas que ya cuentan con una estructura nacional.
También resulta necesario abordar el problema del cambio de militancia de parlamentarios durante sus períodos en ejercicio. Si uno de los argumentos centrales para reformar el sistema político es combatir la fragmentación, resulta difícil comprender que no exista una respuesta suficientemente contundente frente al denominado transfuguismo político.
Un sistema democrático sólido necesita partidos políticos fuertes, pero también parlamentarios responsables con los compromisos asumidos frente a sus electores.
Desde La Araucanía, por tanto, hacemos un llamado a mirar esta reforma desde otra perspectiva.
No queremos una democracia con menos partidos simplemente porque existen menos posibilidades de competir. Queremos una democracia con mejores partidos, más representativos, más transparentes y profundamente vinculados con sus territorios.
Chile necesita avanzar hacia una verdadera descentralización política. Y eso significa que las regiones puedan generar liderazgos, proyectos y organizaciones capaces de competir democráticamente por la representación de sus ciudadanos.
Si la reforma termina haciendo prácticamente imposible la creación y consolidación de partidos regionales, estaremos dando un paso atrás en materia de descentralización.
La pregunta que debemos hacernos no es solamente cuántos partidos queremos tener.
La pregunta más importante es:
¿Qué tipo de democracia queremos construir?
Una democracia diseñada principalmente para las estructuras políticas que ya existen, o una democracia capaz de abrir espacios a las nuevas generaciones, a los territorios, a las regiones y a quienes legítimamente quieren construir alternativas diferentes.
Desde La Araucanía creemos que la democracia chilena debe ser capaz de hacer ambas cosas: reducir la fragmentación cuando ella perjudica la gobernabilidad, pero al mismo tiempo proteger la diversidad política y territorial que constituye una de las riquezas de nuestro país.
Porque fortalecer la democracia no significa ponerle candado.
Significa abrirla, hacerla más representativa y permitir que desde cada territorio de Chile también se pueda construir política.

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