María Jesús Wulf recorrió distintas comunas y encabezó actividades vinculadas al Plan Buen Vivir, la protección de la infancia y el Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados. Más de 600 niños, niñas y adolescentes de la región viven actualmente con familias de acogida, mientras cientos de personas cuidadoras requieren apoyo para una tarea que históricamente ha recaído en los hogares.
LA ARAUCANÍA. — Mujeres mapuche, familias que han abierto sus hogares para recibir a niños bajo protección del Estado y personas que diariamente asumen labores de cuidado fueron los principales protagonistas de la agenda que desarrolló en La Araucanía la ministra de Desarrollo Social y Familia, María Jesús Wulf.
La visita buscó exhibir en terreno las políticas sociales que impulsa el Gobierno, pero también dejó a la vista una realidad menos visible: detrás de los programas, planes y anuncios existe una extensa red de personas que sostiene buena parte de la protección social desde las propias comunidades y familias.
En Lautaro, la secretaria de Estado participó en un conversatorio con cerca de 400 mujeres mapuche, en una actividad desarrollada en el marco del Plan Buen Vivir. El encuentro permitió recoger experiencias y planteamientos vinculados a las necesidades de las mujeres indígenas y su relación con sus comunidades y territorios.
Junto a la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (CONADI), además, fueron reconocidas diez mujeres mapuche de la región por sus trayectorias en ámbitos como la artesanía, la textilería, el turismo y la preservación de saberes tradicionales.
El reconocimiento pone en valor un trabajo que muchas veces permanece fuera de los grandes circuitos económicos: conocimientos transmitidos entre generaciones que forman parte del patrimonio cultural de La Araucanía, pero que también representan una fuente de ingresos y autonomía para numerosas mujeres.
606 niños bajo el cuidado de familias de acogida.
Uno de los puntos más sensibles de la agenda ministerial estuvo relacionado con la infancia.
En La Araucanía, 606 niños, niñas y adolescentes viven actualmente bajo el cuidado de una familia de acogida, dentro de un modelo que busca privilegiar los entornos familiares por sobre la permanencia en residencias.
La cifra permite dimensionar la magnitud de una tarea que suele desarrollarse lejos de los focos públicos: familias que reciben temporalmente a niños y adolescentes que, por distintas circunstancias, no pueden permanecer junto a sus familias de origen.
Durante el encuentro, estas familias compartieron con la ministra sus motivaciones y dificultades.
El Gobierno busca fortalecer el denominado Plan Crecer en Familia, con el objetivo de que niños y niñas bajo protección estatal puedan desarrollarse en ambientes familiares seguros y protectores.
Pero el desafío no termina con encontrar una familia disponible.
El sistema debe garantizar acompañamiento profesional, apoyo económico y psicológico, seguimiento permanente y condiciones adecuadas tanto para los niños como para quienes asumen su cuidado. En definitiva, trasladar a una familia una responsabilidad que antes recaía en una residencia no puede significar simplemente trasladarle también sus dificultades.
Ese es uno de los desafíos que enfrenta cualquier política que pretenda avanzar desde el modelo residencial hacia uno centrado en familias.
El trabajo invisible de quienes cuidan.
La otra cara de la agenda ministerial apareció en Loncoche, donde Wulf participó en la inauguración de un Centro Comunitario de Cuidados destinado a apoyar a las personas que realizan labores de cuidado.
El recinto beneficiará a 120 personas cuidadoras y forma parte de una red de diez Centros Comunitarios de Cuidados actualmente en ejecución en La Araucanía.
La apuesta forma parte del Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados, conocido como Chile Cuida, que pretende enfrentar una de las realidades sociales que durante décadas permaneció prácticamente confinada al ámbito privado: cuidar a una persona dependiente suele recaer sobre familiares, y especialmente sobre mujeres.
“Quienes cuidan también necesitan ser cuidados”, planteó la ministra durante la actividad.
La frase sintetiza una de las principales dificultades de esta política pública. Reconocer el cuidado como una responsabilidad social constituye un avance, pero el desafío real está en lograr que ese reconocimiento se traduzca en servicios permanentes, accesibles y suficientes.
Un centro comunitario puede entregar apoyo y un espacio de respiro, pero las necesidades de una persona cuidadora no desaparecen cuando termina la jornada de atención.
La política social puesta a prueba en el territorio.
La visita de la ministra permitió reunir tres dimensiones que habitualmente aparecen separadas: pueblos indígenas, protección de la infancia y sistema de cuidados.
En los tres casos existe un elemento común: la responsabilidad de sostener a quienes requieren protección termina recayendo, en buena medida, en las propias familias y comunidades.
Las mujeres mapuche sostienen actividades culturales y económicas en sus territorios; las familias de acogida abren sus hogares para proteger a niños y adolescentes; y los cuidadores asumen diariamente tareas que resultan indispensables para que otras personas puedan vivir con dignidad.
El desafío para el Estado es que esa capacidad de las comunidades para sostenerse no termine convirtiéndose en una excusa para delegar responsabilidades que corresponden a las políticas públicas.
La presencia de la ministra en terreno permite escuchar esas realidades. Pero la evaluación de las políticas sociales no se agota en los encuentros, reconocimientos o inauguraciones.
La verdadera prueba estará en cuánto de lo conversado se transforma en soluciones concretas, cuánto tiempo permanecen esas respuestas y qué ocurre con quienes quedan fuera de ellas.
En una región donde las distancias territoriales, las desigualdades sociales y las particularidades culturales hacen especialmente compleja la implementación de las políticas públicas, el desafío no es solamente llegar a las comunas.
Es lograr que el Estado llegue a tiempo, permanezca y responda cuando las cámaras ya se hayan ido.
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