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El aluvión en San Carlos de Apoquindo y las tormentas que provocaron inundaciones en Santiago evidencian cómo la intensidad de las precipitaciones, la saturación del suelo y las características del territorio pueden multiplicar los riesgos. Especialista de GHD advierte que comprender estos fenómenos exige analizar conjuntamente las condiciones meteorológicas, la respuesta de las cuencas y los efectos del cambio climático.

En menos de una semana, la Región Metropolitana enfrentó dos episodios meteorológicos que dejaron en evidencia la vulnerabilidad de distintos sectores frente a las precipitaciones intensas. El jueves 8 de octubre, un aluvión afectó el sector de San Carlos de Apoquindo, mientras que el martes 13 una nueva jornada de lluvias, tormentas eléctricas, granizo y fuertes ráfagas de viento provocó anegamientos y alteraciones en distintos puntos de Santiago.

Aunque ambos episodios estuvieron asociados a condiciones atmosféricas inestables, sus consecuencias fueron diferentes. Mientras en la precordillera el agua arrastró sedimentos y material suelto por una quebrada, en la ciudad las precipitaciones sobrepasaron la capacidad de evacuación de las aguas lluvias en determinados sectores.

La diferencia permite entender una cuestión fundamental para evaluar el riesgo hidrometeorológico: no basta con conocer cuánta lluvia cae. También es necesario determinar con qué intensidad se concentra, cuánto dura, dónde se produce y cómo responde el territorio.

«Para comprender estos eventos no basta con medir milímetros acumulados. Una lluvia intensa en poco tiempo puede generar efectos muy distintos a la misma cantidad distribuida en horas. Y si la cuenca presenta condiciones que aceleran la respuesta —como suelos saturados o laderas sin vegetación—, el impacto puede ser mucho mayor», explica Francisco Miranda, líder de Gestión Integrada del Agua de GHD en Chile.

Intensidad de las precipitaciones: una variable decisiva.

El aluvión del 8 de octubre en San Carlos de Apoquindo ilustra la importancia de analizar la intensidad de las precipitaciones y no únicamente el volumen acumulado durante una jornada.

De acuerdo con los antecedentes de la Dirección Meteorológica de Chile (DMC), entre las 15:00 y las 18:00 horas de ese día se registraron entre 7 y 10 milímetros de lluvia en San Carlos de Apoquindo, entre 8 y 12 milímetros en La Reina y entre 20 y 23 milímetros en El Arrayán. La institución calificó como poco frecuentes las precipitaciones intensas concentradas en un período tan acotado.

A estos registros se suman los antecedentes preliminares del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2), que estimó cerca de 11 milímetros de lluvia en apenas 30 minutos en la estación Río Molina, ubicada en la cuenca alta del Mapocho. Esa cantidad equivale a una tasa de precipitación superior a 20 milímetros por hora, si se expresa como intensidad horaria.

En las tormentas convectivas, sin embargo, la lluvia puede concentrarse en áreas muy pequeñas. Por ello, las mediciones de una estación meteorológica no necesariamente reflejan la intensidad máxima que recibió una quebrada específica.

La DMC también advirtió que las precipitaciones de los días anteriores habían dejado el suelo relativamente saturado y señaló como otro factor relevante una isoterma cero elevada, situada aproximadamente entre los 2.600 y los 2.800 metros sobre el nivel del mar.

La isoterma cero corresponde, de manera general, a la altitud en la que la temperatura atmosférica alcanza los 0 °C. Su altura influye en la distribución de las precipitaciones entre lluvia y nieve, aunque sus efectos dependen de las condiciones específicas de cada episodio.

La combinación de factores detrás del aluvión.

Según el análisis de Francisco Miranda, en San Carlos de Apoquindo coincidieron varias condiciones que pudieron favorecer la generación del flujo de detritos.

Entre ellas menciona las lluvias intensas concentradas en pocos minutos, la saturación previa del suelo, la presencia de material suelto y la pérdida de vegetación en la quebrada Honda tras el incendio de diciembre de 2025.

A estos elementos se sumó una isoterma cero elevada, condición que puede favorecer que una mayor proporción de la precipitación caiga como lluvia en sectores cordilleranos y precordilleranos, en lugar de acumularse como nieve.

«El agua arrastró suelo y material suelto, transformando una crecida en flujo de detritos de gran capacidad destructiva», explica el especialista.

La combinación de estas variables resulta relevante para comprender por qué una precipitación de corta duración puede desencadenar consecuencias importantes. Cuando el agua encuentra suelos saturados, pendientes pronunciadas y sedimentos disponibles para ser movilizados, aumenta la posibilidad de que se produzcan escorrentías rápidas y flujos capaces de transportar grandes cantidades de material.

La pérdida de vegetación puede contribuir a modificar la estabilidad del suelo y la respuesta hidrológica de una cuenca. No obstante, establecer el peso específico de cada factor en un evento determinado requiere análisis técnicos que permitan reconstruir las condiciones previas y el comportamiento del agua durante la emergencia.

Cuando la lluvia intensa afecta a la ciudad.

El episodio del martes 13 de octubre mostró otra dimensión del problema. En esa jornada, las precipitaciones, las tormentas eléctricas, el granizo y las ráfagas de viento afectaron distintos puntos de Santiago, donde se registraron anegamientos y dificultades en la infraestructura urbana, incluidas estaciones de Metro.

En este escenario, el riesgo no estuvo asociado principalmente al arrastre de sedimentos por una quebrada, sino a la capacidad de la ciudad para evacuar el agua acumulada en calles y otros espacios urbanos.

La intensidad de las precipitaciones puede superar temporalmente la capacidad de los sistemas de drenaje, especialmente cuando el agua se concentra en períodos breves o en zonas donde las condiciones locales dificultan su escurrimiento.

Por eso, aunque los dos episodios compartieron la presencia de precipitaciones intensas, sus efectos estuvieron condicionados por características territoriales diferentes.

«Estos eventos evidencian la necesidad de analizar meteorología e hidrología en conjunto: no basta saber cuánto lloverá, sino dónde se concentrará y qué ocurrirá con esa agua al llegar a la superficie, ya sea en una quebrada de precordillera o en una calle de la ciudad», señala Miranda.

La distinción es relevante para la prevención. Mientras en las cuencas de montaña resulta fundamental evaluar las pendientes, los sedimentos disponibles, la cobertura vegetal y las rutas de escorrentía, en las ciudades es necesario considerar la capacidad de los colectores, el drenaje urbano y las zonas susceptibles de inundación.

El Niño: contexto climático, no explicación automática.

Los episodios también han reactivado el debate sobre la influencia de El Niño en las condiciones meteorológicas de Chile central.

Este fenómeno climático natural modifica los patrones de temperatura superficial del mar en el Pacífico ecuatorial y puede influir en la circulación atmosférica y en la distribución de las precipitaciones en distintas regiones del mundo. Sin embargo, su efecto sobre las lluvias en Chile no es uniforme y depende de la época del año y de la interacción con otros factores atmosféricos.

En el caso de los eventos de octubre, el análisis entregado por Miranda apunta a la sucesión de precipitaciones de los días 6 y 7, que habrían contribuido a saturar el suelo, y a la posterior presencia de una baja segregada frente a la costa, asociada a condiciones de inestabilidad que favorecieron el desarrollo de tormentas convectivas el día 8.

El especialista advierte que El Niño debe entenderse como parte del contexto climático y no como una explicación suficiente de cada emergencia.

«El Niño nos entrega un contexto importante para comprender determinados patrones climáticos, porque aumenta la probabilidad de ciertos eventos, pero no debemos utilizarlo como explicación automática de cada inundación, tormenta o aluvión. Un evento específico responde a una combinación de factores meteorológicos, hidrológicos y territoriales que deben analizarse en conjunto», sostiene.

La distinción es importante: conocer la fase de un fenómeno climático ayuda a evaluar determinados patrones y probabilidades, pero no permite atribuirle directamente un aluvión o una inundación sin analizar las condiciones que desencadenaron el episodio particular.

Cambio climático y gestión del riesgo.

A la influencia de la variabilidad climática natural se suma el cambio climático, que modifica las condiciones de temperatura y puede alterar la intensidad de las precipitaciones y la distribución de la nieve en zonas cordilleranas.

En determinados episodios, una atmósfera más cálida puede contener más vapor de agua, mientras que una isoterma cero más elevada puede desplazar hacia mayores altitudes el límite entre las precipitaciones líquidas y sólidas. Cuando estas condiciones coinciden con lluvias intensas, pueden aumentar los riesgos de escorrentía y crecidas en algunas cuencas.

Sin embargo, determinar cuánto contribuyó el cambio climático a un evento concreto requiere estudios específicos. La coincidencia de una tormenta con condiciones climáticas más cálidas no demuestra, por sí sola, que el calentamiento global haya causado esa tormenta o su impacto.

Para Miranda, el desafío consiste en integrar la información climática con las herramientas de análisis meteorológico e hidrológico y con las características de cada territorio.

«El Niño explica parte de lo que estamos viendo este año, pero el cambio climático agrega una tendencia de fondo: tormentas más cálidas, con isotermas cero más altas, que hacen que llueva en sectores de la cordillera donde antes caía nieve. Si a eso se suman precipitaciones que pueden concentrarse con mayor intensidad en períodos cortos, aumenta el riesgo de crecidas y aluviones, especialmente en zonas precordilleranas», plantea.

El especialista sostiene que una mejor integración de estudios de inundaciones, modelaciones hidrológicas e hidráulicas, radares meteorológicos y sistemas de alerta temprana podría contribuir a reducir los daños y la exposición de la población.

La gestión del riesgo requiere, además, que la información técnica se traduzca en medidas concretas de prevención, planificación territorial y preparación ante emergencias. Esto implica identificar las zonas expuestas, mejorar los sistemas de monitoreo y fortalecer los mecanismos de comunicación para que las alertas permitan actuar oportunamente.

Los episodios registrados en la Región Metropolitana muestran que las lluvias intensas no producen los mismos efectos en todos los lugares. La magnitud del daño depende de la interacción entre las condiciones atmosféricas, el estado de las cuencas, la infraestructura y la exposición de las comunidades.

Comprender esa relación es fundamental para anticipar escenarios de riesgo y diseñar medidas de adaptación de largo plazo. Más que buscar una explicación única para cada emergencia, el desafío consiste en identificar cómo se combinan los factores que la hacen posible y qué decisiones pueden reducir sus consecuencias.

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