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La madre de la psicóloga estadounidense asesinada en Temuco volvió a exigir justicia y lanzó una estremecedora advertencia: “Hay un asesino entre ustedes”. Doce años después, el crimen continúa sin una respuesta definitiva. La investigación dejó además una serie de interrogantes sobre la actuación de la Fiscalía Regional de La Araucanía, particularmente por la relación del entonces fiscal regional Cristian Paredes con personas vinculadas al lugar donde ocurrió el homicidio.

Doce años han pasado desde que Erica Hagan fue asesinada al interior de las dependencias del Colegio Bautista de Temuco. Doce años desde que la psicóloga estadounidense fue encontrada muerta y comenzó una de las investigaciones criminales más controversiales de la historia reciente de La Araucanía.

Y doce años después, la pregunta fundamental continúa sin respuesta: ¿Quién mató a Erica Hagan?

La madre de la joven volvió a poner el caso sobre la mesa con un mensaje tan directo como doloroso.

“Hay un asesino entre ustedes”.

La frase no es sólo una expresión de angustia de una madre que lleva más de una década esperando justicia. Es también el reflejo de una investigación que terminó sin establecer responsabilidades por el homicidio y que dejó una extensa lista de interrogantes respecto de las diligencias realizadas, las decisiones adoptadas y el destino de determinados antecedentes.

“Hago un llamado a todos los que me apoyan en la búsqueda de justicia para mi hija Erica, quien fue asesinada en Temuco. Este sábado se cumplen 12 años de su asesinato, un caso que sigue sin resolverse. ¡Hay un asesino entre ustedes! Mi mayor temor es que otra joven sea asesinada!”, señaló.

Su temor, a doce años del crimen, es que el caso no sólo permanezca impune, sino que quien mató a su hija continúe libre.

El conflicto que marcó la investigación.

Uno de los aspectos más controvertidos de la investigación apunta al entonces fiscal regional de La Araucanía, Cristian Paredes, quien tuvo participación en las primeras diligencias del caso.

Según los antecedentes expuestos durante la investigación, Paredes era apoderado del Colegio Bautista y conocía a personas relacionadas con el establecimiento. Entre ellas se encontraba Marta Muñoz, profesora del colegio y esposa de Harold Gutiérrez, quien tuvo participación en el hallazgo del cuerpo.

La cuestión que surge es evidente: ¿debió el entonces fiscal regional apartarse de la investigación debido a esa relación?

Para quienes han cuestionado la conducción de la causa, la respuesta es afirmativa.

La crítica no se limita a una cuestión formal. Lo que se cuestiona es que quien tenía la responsabilidad institucional de garantizar la objetividad de una investigación criminal mantuviera su participación en ella pese a sus vínculos con personas relacionadas con el establecimiento y con algunos de los posteriormente considerados sospechosos.

Más aún, se cuestiona que varios de esos nombres fueran descartados tempranamente de la investigación.

Entre ellos figuraron Marta Muñoz, su esposo Harold Gutiérrez, su hijo Esteban Gutiérrez y Robinson Soto. También fue investigado el guardia Domingo Cofré, quien terminó siendo absuelto después de haber sido acusado por la Fiscalía.

El resultado final dejó un escenario particularmente incómodo: la investigación tuvo imputados, diligencias y acusaciones, pero no consiguió entregar una respuesta definitiva sobre quién asesinó a Erica Hagan.

La huella que abrió otra interrogante.

Entre los antecedentes que han alimentado las dudas sobre la investigación aparece una huella atribuida a Harold Gutiérrez.

De acuerdo con lo expuesto en su momento por el abogado Javier Jara, al cierre de la investigación la defensa pudo conocer la existencia de un peritaje que habría establecido la presencia de una huella correspondiente al pulgar derecho de Gutiérrez en el marco de una puerta ubicada en un sector secundario del sitio del suceso.

Gutiérrez había declarado que fue la primera persona en ingresar al departamento donde se encontraba el cuerpo de Erica Hagan.

Ese antecedente, por sí mismo, no demuestra participación en el homicidio. Pero sí plantea una pregunta que exige una explicación: ¿Por qué estaba esa huella en ese lugar y qué significado tuvo para los investigadores?

La controversia se profundizó debido a que, según la defensa, el hallazgo no habría sido oportunamente comunicado, situación que derivó en cuestionamientos y acciones judiciales por una eventual obstrucción de la investigación.

Aquí aparece uno de los puntos más delicados del caso: en una investigación por homicidio, especialmente cuando se trata de una escena con acceso restringido y múltiples diligencias periciales, cada evidencia debe ser contextualizada, contrastada y explicada.

Cuando un antecedente relevante aparece tardíamente o su tratamiento genera dudas, la confianza en la investigación inevitablemente se deteriora.

Doce años sin respuestas.

El caso Erica Hagan es también una historia sobre el tiempo.

Cada año que pasa sin una resolución definitiva aumenta la distancia entre la familia de la víctima y la posibilidad de conocer toda la verdad. Las pruebas pueden deteriorarse, los recuerdos desaparecer, los testigos cambiar sus versiones o simplemente morir.

Pero existe algo que no debería deteriorarse con el tiempo: la obligación del Estado de esclarecer un asesinato.

La impunidad no consiste únicamente en que nadie sea condenado. También existe una forma de impunidad cuando una investigación no logra responder satisfactoriamente las preguntas fundamentales que dejó un crimen.

Y en el caso de Erica Hagan esas preguntas siguen allí.

¿Quién ingresó al lugar?

¿Quién tenía acceso?

¿Qué ocurrió realmente durante las horas previas al hallazgo del cuerpo?

¿Qué evidencias fueron descartadas y por qué?

¿Qué antecedentes fueron comunicados oportunamente a las partes?

¿Se agotaron todas las líneas investigativas?

Y, sobre todo, ¿por qué doce años después nadie ha podido decirle a su familia quién mató a Erica?

“Mi mayor temor es que otra joven sea asesinada”

La advertencia de la madre de Erica Hagan tiene una crudeza difícil de ignorar.

“Hay un asesino entre ustedes”.

No acusa directamente a una persona determinada. Apunta a algo más inquietante: la posibilidad de que el responsable de un crimen cometido hace doce años continúe formando parte de la sociedad sin haber enfrentado las consecuencias de sus actos.

Y plantea un temor todavía mayor: que otra mujer pueda convertirse en víctima.

Doce años después, el caso Erica Hagan sigue siendo una herida abierta para su familia y una deuda pendiente para la justicia.

No se trata solamente de establecer un culpable. Se trata de reconstruir la verdad, determinar si la investigación estuvo a la altura de la gravedad del crimen y responder las preguntas que durante años han permanecido suspendidas.

Porque una sociedad democrática no puede acostumbrarse a convivir con un asesinato sin respuesta.

Y mientras esa respuesta no exista, la frase de la madre de Erica seguirá resonando en Temuco:

“Hay un asesino entre ustedes”.

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