Mientras los municipios logran despejar los centros urbanos con turnos nocturnos, la falta de forraje estatal amenaza con desatar una tragedia ganadera en los sectores rurales de Lonquimay, Pucón y Melipeuco.
La gestión de las emergencias invernales en la alta cordillera parece haber aprendido la lección logística, pero sigue reprobando en equidad territorial. A diferencia del fatídico «Terremoto Blanco» de julio de 2011 —cuando la parálisis y lentitud de las maquinarias edilicias sepultó la conectividad urbana de Lonquimay—, la actual administración del alcalde Eduardo Yáñez reaccionó con despliegues nocturnos continuos en sectores críticos como El Naranjo Alto. Sin embargo, que las calles principales luzcan transitables maquilla una realidad brutal: fuera del radio urbano, en el campo profundo de La Araucanía, más de 3.500 personas en Lonquimay y otras miles en Pucón, Melipeuco y Curarrehue siguen atrapadas por un manto de nieve que supera el metro de espesor.
El análisis crítico del fenómeno deja al descubierto el desamparo crónico del pequeño agricultor y la desconexión del aparato central del Estado. Mientras las autoridades comunales sacan cuentas alegres por la apertura de rutas principales, la superficie vegetal que alimenta al ganado vacuno, caprino y lanar quedó completamente sepultada bajo el hielo. Sin fardos ni cubos de alfalfa en camino, la antesala de una tragedia por inanición animal es inminente. El centralismo estatal vuelve a reaccionar tarde: la ayuda de emergencia no puede depender de que las rutas vecinales estén totalmente despejadas, sino de planes de contingencia y acopio previos que el Ministerio de Agricultura jamás ha logrado consolidar de manera estructural en las zonas fronterizas.
Alumnos de primera y segunda clase ante la nieve.
El colapso provocado por las nevadas también desnudó las profundas e ideológicas brechas del sistema educacional chileno en situaciones de catástrofe. Frente a la crudeza climática, el municipio decretó la suspensión total de clases en sus escuelas y liceos públicos para proteger la integridad de los menores. En contraste, los colegios particulares subvencionados de la zona obligaron a sus estudiantes a asistir, utilizando como justificación la entrega de la alimentación provista por la Junaeb.
Esta distorsión expone un chantaje social inaceptable en democracia: obligar a los niños de los sectores más vulnerables a exponerse a temperaturas bajo cero y caminos congelados solo para garantizarles un plato de comida caliente. La alimentación escolar debiera ser un derecho móvil garantizado por el Estado mediante canastas de emergencia domiciliarias en días de catástrofe, y no una herramienta de asistencia que arriesgue la seguridad vial y de salud de las familias cordilleranas.
Mientras el Gobierno y el Ministerio de Obras Públicas (MOP) continúan evaluando el estado de los caminos secundarios, los pequeños crianceros de la precordillera siguen esperando que las promesas de conectividad se traduzcan en forraje real. Los centros urbanos de La Araucanía ya no están bajo la nieve de 2011, pero el aislamiento rural sigue siendo el síntoma vivo de un Chile que solo mira la cordillera cuando se transforma en un espectáculo para las redes sociales.

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