Por Ricardo Barría Dillems, Ingeniero Comercial, Magíster en Comunicación. Exdirector regional de Junaeb en La Araucanía y la Región Metropolitana. Excoordinador nacional de directores regionales de Junaeb. Editor de Araucanía Diario y miembro de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).
Además del programa de alimentación de Junaeb —una política pública que permite que miles de niños lleguen a sus hogares después de clases habiendo recibido una alimentación adecuada—, hay otra iniciativa que siempre he considerado especialmente valiosa: Yo Elijo mi PC.
Lo digo desde la experiencia. Entre 2011 y 2014 tuve el honor de ser funcionario público y dirigir Junaeb en La Araucanía y posteriormente en la Región Metropolitana. Durante ese período también asumí como coordinador de los directores regionales del país y como encargado nacional de hogares indígenas, dejando mi gestión con cuatro hogares más de los que existían al inicio del Gobierno del Presidente Sebastián Piñera.
Pero si hubo un programa que particularmente me entusiasmó durante esos años fue Yo Elijo mi PC.
Y hay que reconocerlo: fue creado durante el primer Gobierno de Michelle Bachelet y posteriormente perfeccionado durante el Gobierno de Sebastián Piñera. En su diseño original tenía, a mi juicio, una característica especialmente potente: premiaba el esfuerzo de los niños y no hacía diferencias según el establecimiento educacional al que asistían.
Sin discriminación.
En sus primeros años, el beneficio estaba dirigido a estudiantes vulnerables tanto de establecimientos municipales como particulares subvencionados.
Pero no bastaba con pertenecer a una familia vulnerable. También había que estudiar.
Los estudiantes debían alcanzar un promedio de 5,7 o superior durante cuarto y quinto básico y el primer semestre de sexto. Ese último año podían elegir el computador que recibirían al año siguiente, entre notebooks y computadores de escritorio.
Pensemos por un momento en lo que significaba para un niño de 10, 11 o 12 años.
Había que esforzarse durante varios años para conseguir un premio concreto: un computador.
Durante nuestra gestión, además, incorporamos conexión a internet y programas educativos, ampliando el beneficio más allá de la simple entrega del equipo.
Y existía un tercer requisito: pertenecer a una familia dentro del 40% más vulnerable de la población. En aquel entonces, el límite establecido en la Ficha de Protección Social era de 11.734 puntos.
Es decir, el programa combinaba tres elementos: vulnerabilidad socioeconómica, esfuerzo académico y un premio tangible.
Y ese premio no beneficiaba solamente al estudiante. En muchos hogares, la llegada de un computador significaba que toda la familia podía acceder por primera vez a una herramienta tecnológica que hoy consideramos indispensable.
El cambio que modificó el programa.
No quiero detenerme aquí en todas las modificaciones que experimentó el programa con posterioridad ni en las distintas discusiones presupuestarias que ha enfrentado. Pero sí creo necesario recordar un episodio que tuvo consecuencias importantes.
En 2014 se modificaron los criterios de acceso al beneficio. Hasta entonces, el programa utilizaba como referencia un puntaje de la Ficha de Protección Social de hasta 11.734 puntos. Posteriormente, el criterio pasó a estar vinculado a la primera prioridad del Programa de Alimentación Escolar (PAE), restringiendo significativamente el universo de beneficiarios.
El cambio tuvo consecuencias para estudiantes que habían cumplido los requisitos bajo las condiciones anteriores y que incluso habían escogido su computador durante el año previo.
Para muchas familias, aquello fue incomprensible: sus hijos habían estudiado durante años bajo determinadas reglas y, cuando llegó el momento de recibir el beneficio, las condiciones habían cambiado.
Más allá de las responsabilidades políticas que cada cual pueda atribuir a esa decisión, existe una lección que debiéramos aprender: cuando el Estado establece un incentivo y un niño cumple las condiciones para obtenerlo, modificar las reglas al final del proceso puede terminar debilitando precisamente el valor educativo que se buscaba promover.
El valor de reconocer el esfuerzo.
Cuando asumí la dirección de Junaeb en La Araucanía, rápidamente advertí el enorme potencial que tenía Yo Elijo mi PC.
Recuerdo que inicialmente se planteó realizar una entrega regional. Pedí autorización para hacer algo distinto: entregar los computadores en cada comuna y convertir la entrega en una instancia de reconocimiento público para los estudiantes.
Fueron 32 ceremonias en La Araucanía.
La idea era sencilla: si un niño se había esforzado durante años para obtener un computador, había que reconocer públicamente ese esfuerzo.
La iniciativa posteriormente se replicó a nivel nacional. Entre abril y mayo de cada año, estudiantes de distintas comunas del país recibían sus computadores en ceremonias en las que ellos eran los protagonistas.
Puede parecer algo menor, pero para un niño de 12 o 13 años no lo era.
Que el Estado le dijera “esto te lo ganaste porque te esforzaste” tenía un enorme valor simbólico.
Era, guardando las proporciones, como si un adulto recibiera un automóvil como reconocimiento por años de trabajo.
Era un refuerzo positivo.
Y, además, podía contagiarse dentro de las propias familias.
Una historia que todavía recuerdo.
En 2012, durante una entrega en Saavedra, me encontré nuevamente con un apoderado al que había conocido el año anterior.
Lo recordaba porque en 2011 había llegado a recibir el computador que había obtenido su hijo y me había contado, con evidente orgullo, lo importante que era para él que su hijo recibiera ese reconocimiento.
Era un hombre sencillo, de unos 60 años. Había llegado especialmente arreglado para la ceremonia, pero sus manos revelaban años de trabajo en el campo: las marcas de quien ha trabajado la tierra y enfrentado las condiciones del clima.
Me llamó la atención volver a verlo.
Hasta que comprendí la razón.
Esta vez no venía a recibir el computador para el mismo hijo.
Venía por su segundo hijo.
El hermano mayor se había ganado el computador el año anterior. Ahora era el menor quien recibía el suyo.
Ahí entendí que el programa podía generar algo todavía más importante que la entrega de un equipo: podía instalar dentro de una familia la idea de que el esfuerzo tenía recompensa.
Recuperemos Yo Elijo mi PC.
Por eso me cuesta entender que hoy algunos dirigentes políticos cuestionen la reducción de recursos para el programa, sin recordar que durante gobiernos de distintos signos también ha habido disminuciones y discusiones presupuestarias respecto de esta política.
Durante años hemos tenido que defender sus recursos en el Congreso, conversar con parlamentarios y buscar fórmulas para que el programa continúe.
Y probablemente habrá que hacerlo nuevamente.
Pero creo que esta discusión presupuestaria ofrece una oportunidad para algo más importante que simplemente reponer los recursos: podemos mejorar el programa.
Debemos discutir si es posible ampliar la cobertura para que los estudiantes vulnerables de establecimientos particulares subvencionados no queden en una situación distinta por el solo hecho de estudiar en ese tipo de colegio.
Debemos discutir también si tiene sentido recuperar el componente de mérito académico que caracterizó originalmente a Yo Elijo mi PC.
Y, por supuesto, mantener la focalización en quienes realmente necesitan el apoyo.
No se trata de negar la importancia de reducir la brecha digital. Todo lo contrario.
Se trata de preguntarnos cómo hacerlo de una manera que, además de entregar tecnología, incentive el esfuerzo, reconozca el mérito y transmita a nuestros niños una señal que también es educativa: estudiar, esforzarse y perseverar puede abrir oportunidades.
Un computador no resolverá por sí solo las desigualdades de nuestro sistema educativo. Tampoco reemplazará a un buen profesor, a una familia comprometida ni a una educación de calidad.
Pero puede ser una herramienta poderosa.
Y puede ser todavía más poderosa cuando un niño sabe que ese computador llegó a sus manos porque se esforzó para conseguirlo.
Por eso creo que no basta con mantener las Becas TIC.
Debemos recuperar el espíritu de Yo Elijo mi PC.
Un programa que combine vulnerabilidad, oportunidades y reconocimiento al esfuerzo.
Porque si queremos que nuestros niños entiendan que estudiar vale la pena, pocas señales pueden ser más claras que decirles, desde pequeños, que el esfuerzo también puede ser premiado.
Recuperemos Yo Elijo mi PC.


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