En el macrosector Pedro de Valdivia, niños, jóvenes y personas mayores participan en una escuela de horticultura impulsada por la comunidad junto a la Universidad Católica de Temuco. La iniciativa combina prácticas tradicionales, cultivo sustentable y conocimientos académicos para fortalecer los vínculos entre generaciones y recuperar la relación con la tierra.
En la villa Los Laureles, en Temuco, Juan Francisco Antimil Campos cultiva porotos pallares, acelgas y hierbas medicinales. Durante su infancia observaba a su padre trabajar la tierra, pero nunca llegó a participar directamente en las labores agrícolas. Años después decidió comenzar a cultivar por su cuenta y descubrió, gracias a los talleres de una escuela comunitaria, por qué sus intentos de reproducir plantas mediante esquejes no daban resultado: desconocía cuáles eran las épocas más adecuadas para hacerlo.
Su experiencia refleja uno de los objetivos de Lakinta Educativa, un espacio del macrosector Pedro de Valdivia donde vecinos de distintas edades comparten conocimientos y aprenden técnicas de horticultura. La iniciativa busca recuperar prácticas agrícolas tradicionales, incorporar herramientas para el cultivo sustentable y fortalecer la transmisión de saberes entre generaciones.
El proyecto se desarrolla en colaboración con la Mesa Proyecto Colaborativo Pedro de Valdivia, integrada por dirigentes vecinales, académicos de la Universidad Católica de Temuco (UCT) y gestoras territoriales de la Municipalidad de Temuco.
La tierra como espacio de encuentro entre generaciones.
La escuela reúne a niños, jóvenes, adultos y personas mayores en torno a tareas como la siembra, la preparación de almácigos y el cuidado de las plantas. Lo que comenzó como una iniciativa orientada principalmente a la infancia fue incorporando progresivamente a otros integrantes de las familias y de la comunidad.
Yahia Solar Moreno, integrante del equipo de Lakinta Educativa, destaca la diversidad de quienes participan en las actividades. Según relata, han asistido desde niños de dos años hasta personas de 80 y 90, en una experiencia donde el aprendizaje ocurre tanto en las labores prácticas como en el intercambio de historias y conocimientos.
Para Solar, el cultivo también representa una forma de mantener viva la memoria del territorio y las tradiciones agrícolas vinculadas a su familia mapuche.
«Aquí por muchos años se cosechó, se plantó, se sembró la propia comida», recuerda, aludiendo a prácticas que busca transmitir a las nuevas generaciones.
La recuperación de estos conocimientos adquiere especial relevancia en un contexto en que las experiencias agrícolas familiares pueden perderse cuando dejan de practicarse o compartirse. En la escuela, las personas mayores encuentran un espacio para transmitir lo aprendido, mientras los más jóvenes se familiarizan con técnicas que forman parte de la historia de sus familias y comunidades.
Conocimientos comunitarios y colaboración universitaria.
Lilian Sanhueza Díaz, académica del Departamento de Trabajo Social de la UCT, explica que varios habitantes del macrosector Pedro de Valdivia llegaron desde zonas rurales junto a sus padres o abuelos y mantienen experiencias relacionadas con el cultivo de alimentos.
La escuela permite reconocer esos conocimientos y ponerlos en común con otros aprendizajes, en una dinámica que busca evitar que la relación entre universidad y comunidad se limite a la entrega unilateral de información.
Sanhueza señala que la iniciativa surgió a partir de necesidades identificadas por los dirigentes vecinales y que los contenidos de los talleres se definieron mediante consultas a los propios participantes.
«Es un trabajo colaborativo dialogado», sostiene.
En las primeras actividades también participaron estudiantes de Trabajo Social y Agronomía, quienes compartieron conocimientos con los vecinos y, al mismo tiempo, pudieron conocer las experiencias y necesidades del territorio.
La propuesta plantea así una relación de aprendizaje recíproco: los conocimientos académicos aportan herramientas técnicas, mientras las prácticas familiares y comunitarias ofrecen una experiencia concreta sobre el cultivo y la vida cotidiana vinculada a la tierra.
Horticultura sustentable y conservación de variedades locales.
Las actividades abordan distintas etapas del ciclo de vida de las plantas, desde la siembra y el cuidado de los cultivos hasta la obtención de nuevas semillas. También incorporan prácticas de horticultura sustentable, como el uso de compost, cenizas y preparados elaborados a partir de residuos orgánicos y plantas, además de técnicas de asociación de cultivos.
Gina Leonelli Cantergiani, académica de Agronomía de la UCT, destaca la importancia de conservar variedades locales que se han adaptado a las condiciones del suelo y el clima del territorio. Entre ellas menciona el ají cacho de cabra y el puerro azul.
La preservación de estas variedades contribuye a mantener la diversidad agrícola y a transmitir conocimientos sobre sus características y formas de cultivo. En este proceso, la participación de los vecinos resulta fundamental, ya que sus experiencias permiten complementar los contenidos técnicos con prácticas desarrolladas a lo largo del tiempo.
Leonelli subraya que el intercambio no se produce en una sola dirección.
«Este es un trabajo colaborativo, porque ellos tienen mucho también que enseñarnos», afirma.
La experiencia busca, de esta manera, articular conocimientos científicos y saberes tradicionales sin desconocer el aporte de quienes han cultivado la tierra durante años.
Nuevas inquietudes abren espacio a otras disciplinas.
El trabajo comunitario también ha generado preguntas que van más allá de las técnicas de cultivo. Entre ellas figuran la protección y el intercambio de semillas, la formalización de emprendimientos, los requisitos sanitarios y las alternativas de financiamiento para las organizaciones locales.
Frente a estas necesidades, el académico de Derecho de la UCT, Santiago Rojas-Bauvignet, proyecta desarrollar un taller destinado a orientar a los vecinos en estas materias.
La propuesta busca ampliar las herramientas disponibles para la comunidad y responder a inquietudes surgidas durante las actividades, incorporando conocimientos jurídicos y administrativos que podrían resultar útiles para quienes deseen desarrollar iniciativas productivas o fortalecer sus organizaciones.
Este componente amplía el alcance de la escuela: junto con enseñar a cultivar, la iniciativa abre espacios para identificar dificultades concretas y buscar respuestas mediante el trabajo entre distintas disciplinas.
Un aprendizaje que continúa en la familia.
Para Juan Francisco Antimil Campos, los conocimientos adquiridos en los talleres tienen también un sentido personal. Cuando su nieto lo visita los fines de semana, procura reservar algunas labores de siembra y trasplante para realizarlas juntos.
«Yo espero esos días para hacerlo, para que él vaya aprendiendo», cuenta.
El gesto resume una dimensión central de la experiencia: recuperar conocimientos no significa únicamente volver a practicar técnicas agrícolas, sino también crear oportunidades para compartirlas y mantenerlas vivas en el tiempo.
En el macrosector Pedro de Valdivia, la escuela comunitaria reúne así distintas generaciones en torno a una actividad cotidiana que conecta la alimentación, la memoria familiar y el cuidado de la tierra. Un espacio donde los saberes que alguna vez se transmitieron de padres a hijos encuentran nuevas formas de permanecer y proyectarse hacia el futuro.
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