Señor Presidente de la Asamblea General
Excelencias, Señoras y señores:
Las fracturas de nuestro mundo se están agrandando, y las grietas se han convertido en abismos.
En el transcurso de la última década estallaron guerras de consecuencias devastadoras que se prolongaron con una crueldad abyecta.
Se tomó de blanco a la población civil.
Se pisotearon los derechos humanos.
Se utilizó el hambre como arma.
Se asesinó a trabajadores humanitarios.
Se dejó de lado el derecho internacional.
Se han ahondado las divisiones geopolíticas. Se han acentuado las desigualdades. Se ha resquebrajado la confianza.
La crisis climática dejó de ser una amenaza lejana y se volvió una realidad de todos los días.
Y la inteligencia artificial avanzó a una velocidad que ha tomado por sorpresa incluso a quienes la crearon.
No se trata de crisis aisladas, sino de capítulos de una misma historia… la historia del poder: quién lo tiene, a quién se le niega, cómo se utiliza y cómo está cambiando.
Excelencias:
La redefinición del poder se está dando de tres maneras fundamentales.
En primer lugar, entre los Estados, ya que han surgido nuevos polos de influencia económica, política y tecnológica.
En segundo lugar, estamos presenciando una extraordinaria transferencia de poder: de los gobiernos a un puñado de empresas privadas y particulares.
La influencia de esos actores se extiende ya a la política, la economía, los flujos de información, el desarrollo tecnológico y el espacio cívico del que dependen las sociedades.
Y, en tercer lugar, los seres humanos están cediendo cada vez más poder a las máquinas: los agentes de inteligencia artificial se están tornando incontrolables y las armas autónomas letales dejaron de ser ciencia ficción y se están volviendo una realidad militar.
Sin embargo, nuestras instituciones y nuestros sistemas de gobernanza global siguen reflejando las realidades de poder y los intereses de una época en gran medida ya superada.
Ese es el reto decisivo que tenemos ante nosotros.
Precisamente cuando la humanidad se enfrenta a una conjunción inusitada de amenazas, nuestros mecanismos de acción colectiva están sometidos a una presión cada vez mayor.
Excelencias:
No cabe duda de que vamos hacia un mundo multipolar.
Y esa trayectoria es irreversible.
Pero la multipolaridad puede manifestarse de diferentes formas.
Una de ellas es un mundo caracterizado por la fragmentación y la transaccionalidad, un mundo de tensiones crecientes y desconfianza cada vez más profunda, de mercados fracturados e instituciones debilitadas, de cooperación menguante y cálculos de suma nula.
En muchos aspectos, esa es la trayectoria que seguimos hoy en día.
Pero hay otro camino: el camino hacia la multipolaridad interconectada.
Se trata de un mundo construido sobre la base de la interdependencia y sostenido por una densa red de conexiones económicas, políticas, sociales y tecnológicas, un mundo en el que coexisten múltiples polos de influencia dentro de un marco común de derecho internacional y normas compartidas.
Un mundo así puede ayudarnos a evitar las tendencias hegemónicas y lo que he llamado “la Gran Fractura”: la división del mundo en dos bloques rivales, con sistemas económicos, tecnológicos y de seguridad distintos.
Debemos evitarlos.
En un mundo en red, se sabe que ninguna potencia puede resolver por sí sola los retos contemporáneos.
Desde luego, la competencia seguirá siendo una constante de las relaciones internacionales.
Pero la competencia no tiene por qué convertirse en confrontación.
La competencia sana puede impulsar la innovación, reforzar la resiliencia y ampliar las oportunidades, pero solo si tiene lugar dentro de marcos que preserven la estabilidad y permitan la cooperación cuando esta sea indispensable.
Como primer paso en la construcción de un futuro en red, las superpotencias, sobre todo, deben reconocer que su poder no es tan superlativo como parece: su poder tiene límites.
Los acontecimientos de los últimos años no han dejado lugar a dudas.
El poderío militar no basta por sí solo para consolidar la paz.
El poderío económico no basta por sí solo para asegurar la estabilidad.
Y el poderío tecnológico no basta por sí solo para garantizar la seguridad.
Un mundo multipolar interconectado puede crear las condiciones necesarias para resolver los problemas mundiales de manera más equilibrada y representativa.
Pero para eso se necesita un sistema multilateral, centrado en las Naciones Unidas, que sea equilibrado y representativo, instituciones sólidas y eficaces que reflejen las realidades y la evolución progresiva del peso relativo de los países y las economías del mundo actual, y no las estructuras de poder de hace 80 años.
Afortunadamente, no partimos de cero.
Ya tenemos un fundamento vinculante: la Carta de las Naciones Unidas.
Y los principios que le dan vida: la primacía del derecho internacional, la defensa de la dignidad humana y la búsqueda de la justicia en todas sus dimensiones.
Esos son los pilares del ejercicio eficaz, legítimo y responsable del poder en el siglo XXI.
Excelencias:
La cuestión fundamental es la siguiente:
¿Haremos algo para que el poder se rija por el derecho en vez de la fuerza?
¿Por la cooperación en vez de la coacción?
¿Por el sentido de responsabilidad hacia la juventud y las generaciones futuras en vez de la indiferencia ante su destino?
Porque los retos decisivos de nuestra época no son ajenos a la cuestión del poder: son más bien manifestaciones de ese poder.
Y serán esos retos los que determinen si nos dejamos arrastrar cada vez más hacia la división y la inestabilidad o si nos encaminamos hacia la cooperación, la justicia y la seguridad colectiva.
En adelante, nuestro futuro quedará configurado según cómo afrontemos cuatro grandes pruebas del poder: el poder de decidir sobre la guerra y la paz; el poder que concentra la riqueza y fomenta la desigualdad; el poder que alimenta el caos climático y la guerra contra la naturaleza; y el poder que ha desatado la inteligencia artificial.
Excelencias:
La primera gran prueba del poder en el siglo XXI es la paz y la seguridad.
La paz es mucho más que la ausencia de conflicto: es la existencia de límites jurídicos al ejercicio del poder.
Es el reconocimiento, consagrado en la Carta de las Naciones Unidas, de que la fuerza no puede ser el árbitro último que decida qué vidas, qué derechos y qué futuro importan.
Hoy en día, ese principio está sometido a una enorme presión.
En todo Oriente Medio, los conflictos se suceden en cadena.
Los mal llamados “alto el fuego” no han sido más que “menos fuego”, y son los civiles quienes siguen pagando el precio.
Ya basta.
Apelo a los líderes presentes en este salón para que aprovechen al máximo esta semana de alto nivel y procuren la distensión y el diálogo.
Juntos, hagamos que de este salón salga un mensaje claro: los combates deben parar; la ayuda humanitaria tiene que fluir; y hay que restablecer por completo los derechos y las libertades de navegación de conformidad con el derecho internacional.
En medio de la zozobra que embarga a la región, no debemos perder de vista la devastadora situación que impera en el Territorio Palestino Ocupado.
Han pasado casi tres años desde los abominables atentados terroristas perpetrados por Hamás el 7 de octubre.
Lo que siguió fue una acometida contra la población palestina de Gaza cuyo grado de matanza y destrucción no vi nunca en todos mis años como Secretario General.
La Corte Internacional de Justicia ha dictado medidas provisionales jurídicamente vinculantes en la causa titulada “Aplicación de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio en la Franja de Gaza”.
En una opinión consultiva emitida el año pasado, la Corte dejó claro que se debe permitir a las Naciones Unidas cumplir sus mandatos en Gaza, y que debe garantizarse la protección de nuestro personal y del personal humanitario.
Todas las partes deben atenerse al derecho internacional y las providencias de la Corte.
Mientras tanto, la violencia, los desplazamientos de la población y la expansión de los asentamientos par parte de Israel en la Ribera Occidental Ocupada están arrasando el camino hacia la paz e invocando el fantasma de la depuración étnica.
No podemos permitir que la solución biestatal se esfume ante nuestros propios ojos.
En Ucrania, la invasión total perpetrada por Rusia ha sumido a un país soberano en una guerra brutal, lo que constituye una flagrante violación de la Carta.
Se sigue matando a civiles, lejos del frente.
Mayormente en Ucrania, pero también hace poco en ciertas partes de Rusia, las viviendas, los sistemas de energía y abastecimiento de agua y la infraestructura de transporte han sido objeto de reiterados ataques, lo que pone en peligro las cadenas de suministro de alimentos y energía a nivel mundial.
En el Sudán, la guerra por el poder bruto, atizada por actores externos, se ha convertido en una guerra contra los civiles. Hay millones de personas desplazadas; el hambre se propaga; se usan drones para atacar hospitales y viviendas; se multiplican los actos de violencia sexual y agresión por motivos étnicos; y se desmiembra el país mientras el mundo mira hacia otro lado.
Y en Myanmar hay otra crisis casi al borde del olvido, incluso con la escalada de la violencia, los desplazamientos masivos y la propagación de la delincuencia transnacional.
Excelencias:
Estos y tantos otros conflictos son muestra de lo que ocurre cuando el poder escapa a todo control, la fuerza va por delante de la diplomacia, los presupuestos militares se van por las nubes y se pierde todo atisbo de rendición de cuentas.
La prueba que tenemos ante nosotros consiste en determinar si el poder se ejercerá conforme al derecho… o por encima de él.
Debemos superar esa prueba.
Debemos defender la Carta sin doble moral, proteger a los civiles sin excepción, garantizar el acceso humanitario sin trabas, proteger al personal humanitario sin falta, promover sin demora la no proliferación y el desarme nucleares, y exigir que se rindan cuentas sin temor ni favoritismos.
También debemos reformar el Consejo de Seguridad para que refleje el mundo de hoy con la legitimidad y la eficacia que exigen los retos de hoy.
El Consejo de Seguridad fue concebido tras la Segunda Guerra Mundial, pero desde entonces el mundo ha cambiado radicalmente.
Ese cambio dista mucho de verse reflejado en el Consejo de Seguridad.
El ejemplo más flagrante es el de África.
Cuando se fundaron las Naciones Unidas, la mayor parte de África todavía se encontraba bajo dominio colonial.
Hoy en día, África sigue sin tener representación permanente en el Consejo.
Que no haya puestos africanos permanentes en el Consejo de Seguridad del siglo XXI es injusto e indefendible.
Eso tiene que cambiar.
Excelencias:
La segunda prueba del poder es la desigualdad.
La desigualdad suele plantearse como problema económico, pero es un problema de poder: el poder de decidir sobre las oportunidades, los recursos, la capacidad de hacerse oír.
Nunca antes ha tenido la humanidad tanta riqueza, tantos conocimientos y tanta capacidad tecnológica.
Sin embargo, el progreso sigue estando fuera del alcance de miles de millones de personas, que ven prosperidad a su alrededor, pero no para ellas.
Les dicen que la globalización amplía los horizontes, pero lo que viven es la exclusión.
Les prometen que la tecnología traerá nuevas posibilidades, pero muchos temen que los prive de sus medios de vida.
Mientras tanto, miles de millones de personas siguen privadas de las necesidades básicas que deberían garantizarles los Objetivos de Desarrollo Sostenible: alimentos, agua limpia, educación, trabajo decente, atención de la salud, dignidad.
Excelencias:
A ningún país se le debería negar un futuro sostenible por estar del lado desfavorecido de un sistema financiero profundamente desigual.
Sin embargo, en el mundo en desarrollo son muchos los que se ven aplastados por una deuda insostenible, asolados por desastres que apenas contribuyeron a provocar y privados de acceso a financiación asequible.
Por eso hemos creado nuevos espacios políticos para promover la reforma de la arquitectura financiera internacional, que no es un debate técnico, sino una cuestión de representación, equidad y poder; el alivio de la deuda a tiempo y con eficacia y justicia; bancos multilaterales de desarrollo más grandes, más resueltos y mejor preparados para proporcionar financiación asequible a largo plazo y a gran escala, y movilizar fondos privados de forma masiva; derechos especiales de giro que beneficien a los países que más los necesitan.
Excelencias:
No podemos hablar de desigualdades sin mencionar la más universal de todas: la desigualdad entre mujeres y hombres.
En todas partes, las mujeres y las niñas siguen sufriendo discriminación, violencia, exclusión y abusos.
En todo el mundo se les están quitando derechos; se están silenciando sus opiniones; se está haciendo de su cuerpo un campo de batalla; y se están tratando sus libertades como moneda de cambio.
Esto es un atropello… y un enorme desperdicio para la humanidad.
La paz es más duradera cuando las mujeres participan en las negociaciones.
Las economías son más dinámicas cuando las mujeres tienen igualdad de oportunidades.
Las sociedades son más resilientes cuando las niñas pueden aprender, liderar y vivir sin miedo.
Y las instituciones son más eficaces cuando el poder se reparte equitativamente.
En la última década, logramos un hito enorme: me enorgullece contarles hoy que las Naciones Unidas alcanzaron, por primera vez en la historia, la paridad de género en todos los puestos directivos superiores, en todas las sedes y en todo el Cuadro Orgánico.
Esto fue posible porque eliminamos barreras, cuestionamos preconceptos y nos negamos a aceptar que el poder siguiera teniendo el mismo aspecto de siempre.
En ningún momento hicimos concesiones respecto a la calidad y la competencia profesional.
La igualdad no es un sueño: es una decisión.
Si las Naciones Unidas pueden cambiar, también pueden cambiar los gobiernos, los parlamentos,
las empresas, los procesos de paz y esta Asamblea General.
Excelencias:
La tercera gran prueba del poder es la crisis climática.
En muchos sentidos, es el desequilibrio de poder intergeneracional más profundo de todos: una generación que consume el futuro de la siguiente, un grupo que obtiene beneficios mientras quienes menos responsabilidad tienen sufren antes y con mayor intensidad las consecuencias.
Hace tres años, en las montañas de Nepal, di la voz de alarma sobre el derretimiento cada vez más acelerado de los glaciares, y advertí de que los techos del mundo se estaban derrumbando.
Algunos desestimaron esas palabras por considerar que exageraban los peligros.
Pero, como han demostrado los trágicos acontecimientos, los efectos están llegando antes, son más acusados y se están haciendo sentir más lejos de lo que muchos habían previsto.
Ahora es casi seguro que rebasaremos el límite de 1,5 grados, y se abalanza sobre la humanidad un fenómeno de El Niño de magnitud excepcional.
Los peligros son reales, pero también es real la esperanza.
La última década ha propiciado uno de los cambios más prometedores de nuestro tiempo en la distribución del poder: el auge de la energía limpia.
El sol no le pertenece a nadie; el viento no se puede embargar; la innovación puede venir de cualquier parte.
Con esto se han reequilibrado profundamente las relaciones de poder.
Las energías renovables son ya la fuente más barata de electricidad nueva en la mayor parte del mundo y la senda más viable hacia la seguridad energética, la independencia y el crecimiento sostenible.
Excelencias:
Ya se vislumbra un futuro sin combustibles fósiles.
La cuestión es cómo llegar.
¿Será una transición justa y ordenada, basada en la cooperación internacional, o caótica y costosa, que deje a pueblos y países atrás?
Hoy exhorto a todos los gobiernos a que adopten un plan nacional para dejar progresivamente los combustibles fósiles que respete el límite de 1,5 grados, incluya plazos claros y proteja a las comunidades y los trabajadores afectados.
Sabemos que los intereses ligados a los combustibles fósiles no se harán a un lado por voluntad propia.
Durante décadas, las grandes empresas petroleras han tratado la atmósfera como si fuera una cloaca a cielo abierto… y se han enriquecido a costa de las consecuencias.
Desde que Rusia invadió Ucrania, cinco grandes petroleras occidentales se han embolsado casi medio billón de dólares en beneficios.
Comparemos esa cifra con los apenas 34.000 millones de dólares de financiación pública internacional para la adaptación que se destinaron a los países en desarrollo durante el último año del que se dispone de datos.
Mientras tanto, la gente de a pie está pagando más por la energía, los alimentos y los seguros.
Ya hemos visto este tipo de abuso de poder.
Cuando los daños causados por las grandes tabacaleras se hicieron innegables, los gobiernos actuaron.
La crisis climática exige la misma determinación.
Quienes más han contaminado —y más beneficios han obtenido— deben hacer mucho más para reparar el daño que causaron.
Quienes contaminan deben pagar.
Y a los líderes, las ciudades, la sociedad civil y los ciudadanos que trabajan para exigirles que rindan cuentas les digo: están del lado correcto de la historia.
Sigan adelante.
Y los gobiernos deben seguir adelante también en todos los frentes: para terminar con la deforestación, invertir en redes eléctricas y sistemas de almacenamiento, reducir las emisiones de metano.
Pero estas acciones no son suficientes: necesitamos justicia climática, centrada en la adaptación y la financiación.
Los países desarrollados deben cumplir sus compromisos: deben triplicar la financiación para la adaptación y hacer que el Fondo de Respuesta a las Pérdidas y los Daños funcione a la escala necesaria.
Los fondos actualmente disponibles en el Fondo de Respuesta a las Pérdidas y los Daños son ridículamente pequeños.
También debemos asegurarnos de que la extracción de minerales críticos no ahonde aún más las desigualdades de antes.
Los países productores y las comunidades afectadas deben quedarse con una parte mucho mayor del valor que generan sus recursos.
Basta de saqueo. Basta de explotación.
Excelencias:
La cuarta prueba del poder es la tecnología y, sobre todo, la inteligencia artificial.
Durante siglos, el poder provino del territorio; después, de la industria; después, de las finanzas.
Hoy en día, proviene cada vez más de los datos, la capacidad informática y los algoritmos.
Este nuevo poder está sumamente concentrado.
Está avanzando a una velocidad extraordinaria y va más rápido que nuestras posibilidades de entender todas sus consecuencias.
En 2017, la IA casi pasaba desapercibida a nivel mundial.
Sin embargo, en el primer discurso que pronuncié con motivo de la apertura de la Asamblea General, advertí de lo siguiente:
“La inteligencia artificial es un cambio de paradigma que puede impulsar el desarrollo y transformar vidas de manera impresionante. Pero también puede tener un impacto feroz en los mercados laborales y, de hecho, en la seguridad mundial y el tejido mismo de las sociedades”.
Henos aquí, casi una década después.
Sin duda, la IA es un cambio de paradigma, y tiene un enorme potencial de hacer avanzar la medicina, acelerar los descubrimientos científicos, ampliar las oportunidades y mejorar vidas.
No nos equivoquemos: el peligro no es la tecnología, sino la tecnología sin rendición de cuentas,
la capacidad tecnológica sin supervisión, la adopción de decisiones sin transparencia.
Y ese peligro no se puede subestimar.
Los propios desarrolladores de estos sistemas están dando ahora la voz de alarma.
Excelencias:
El primer deber de todo gobierno es proteger a su pueblo.
Los gobiernos deben asumir sus responsabilidades, y los gobiernos que más capacidad tienen en lo que respecta a la IA son los que más responsabilidades tienen para con la humanidad: de establecer vías de diálogo, transparencia, confianza y cooperación, no a pesar de la rivalidad geopolítica, sino precisamente por ella.
En una coyuntura crucial de la Guerra Fría, los rivales estratégicos acabaron por reconocer que era necesario gestionar los riesgos existenciales comunes.
Crearon mecanismos para reducir los malentendidos, gestionar la escalada de las tensiones y prevenir catástrofes.
En aquella época, se trataba de las armas nucleares.
Hoy, la inteligencia artificial exige la misma claridad de miras y el mismo sentido de urgencia.
Los países que lideran esta revolución tecnológica deben comunicar información sobre los riesgos que vayan surgiendo para la seguridad, cooperar en las pruebas y la evaluación, y trabajar con el fin de tener salvaguardias comunes que nos protejan a todos.
Pero, dado que esto nos afecta a todos, la coordinación mundial es indispensable, y hay un solo lugar donde todos los países tienen voz a la hora de forjar nuestro futuro común: Y ese lugar es la Organización de las Naciones Unidas.
Con el Pacto Digital Global, ustedes acordaron por primera vez principios universales para la gobernanza de la IA.
Con el Diálogo Mundial sobre la Gobernanza de la IA, creamos una plataforma para que los gobiernos, la comunidad científica, los líderes de la industria y la sociedad civil trabajen en conjunto.
Con el Panel Científico Internacional Independiente sobre IA, hemos reunido a especialistas de todo el mundo para garantizar que las políticas se guíen por datos empíricos.
Precisamente ayer, el Panel publicó un informe temático sobre la seguridad de la IA y los riesgos que surgen cuando los seres humanos dejan de tener el control.
Debemos dar los pasos siguientes partiendo de estos esfuerzos.
En primer lugar, promover las condiciones que permitan el desarrollo de la IA a una velocidad responsable y las salvaguardias adicionales que se necesitan para hacer frente a los riesgos.
En segundo lugar, trabajar para crear un Marco de Gestión de los Riesgos de la IA, de carácter multilateral, respaldado por una supervisión creíble e independiente.
Y en todos nuestros esfuerzos, debemos velar por que ningún país se quede atrás.
La inteligencia artificial debe estar configurada por la humanidad, con humanidad y en beneficio de toda la humanidad.
Y, al afrontar los desafíos que tenemos por delante, no renunciemos a dos principios fundamentales.
Digamos al unísono:
los niños nunca deben convertirse en conejillos de Indias de sistemas no regulados.
Y acordemos que nunca hay que dejar que las máquinas tomen decisiones de vida o muerte.
Los robots letales no deben tener cabida en nuestro futuro.
Excelencias:
La paz y la seguridad.
La desigualdad.
El clima.
La inteligencia artificial.
Estas son las cuatro grandes pruebas del poder que definirán el futuro.
Y están entrelazadas.
La guerra profundiza las desigualdades, arrasa el desarrollo y propaga el hambre.
La desigualdad decide quién puede afrontar el cambio climático y otras crisis, y quién queda expuesto a sus peligros.
La crisis climática alimenta la inestabilidad y los desplazamientos.
La inteligencia artificial podría ayudarnos a resolver todos estos desafíos… o agravarlos.
Excelencias:
En las cuatro pruebas, la cuestión decisiva es el poder.
El poder para decidir sobre la fuerza, el dinero, la energía, la tecnología, las normas y el futuro.
Por eso la Carta de las Naciones Unidas y la labor de la Organización revisten más importancia que nunca.
Las Naciones Unidas existen porque el ejercicio del poder debe regirse por normas, y la humanidad necesita una instancia donde el poder responda a ciertos principios.
Y la Carta no admite interpretaciones selectivas.
La Carta creó una organización sustentada en tres pilares: la paz, el desarrollo, y los derechos humanos.
Esos pilares no están en pugna: son una misma realidad.
No hay paz sin desarrollo, no hay desarrollo sin paz, y no hay paz ni desarrollo sin derechos humanos.
Es una falacia fingir que la paz puede separarse de la dignidad, las oportunidades y los derechos.
Pero defender esta verdad no significa defender el statu quo.
El Pacto para el Futuro y la Iniciativa ONU80 siempre respetaron el principio de igualdad entre los tres pilares de las Naciones Unidas, y aspiran a que las Naciones Unidas respondan mejor; sean más eficaces, más coherentes y más transparentes; estén más orientadas a los resultados; hagan un uso más disciplinado de los recursos; y tengan más presencia donde la gente las necesitan.
El mundo no necesita unas Naciones Unidas más débiles: necesita unas Naciones Unidas que tengan la fortaleza suficiente para afrontar el mundo como es… y la determinación suficiente para construir el mundo como debería ser.
Excelencias:
Después de diez años, hay una sola convicción que sostengo con más firmeza aún que cuando asumí el cargo: el mayor poder no es el de dominar, sino el de construir un futuro que funcione para todos.
Nuestro futuro común dependerá de cuán capaz sea la humanidad de gobernar el poder con discernimiento, defendiendo el derecho antes de que la impunidad se convierta en la norma, poniendo fin a las guerras antes de que estas acaben con generaciones enteras, combatiendo la desigualdad antes de que las sociedades se fracturen, acelerando la acción climática antes de que se traspasen los puntos de inflexión y gobernando la inteligencia artificial antes de que ella nos gobierne a nosotros.
Ese es el desafío que tienen ante sí esta Asamblea General, las Naciones Unidas y la propia humanidad.
Excelencias:
Ante la catástrofe mundial de hace más de 80 años, se crearon las Naciones Unidas como acto de rebeldía: la rebeldía de quienes se niegan a ceder el futuro al miedo, la rebeldía ante la noción derrotista de que la fuerza da la razón, la rebeldía de los países que saben que nuestros futuros están entrelazados, la rebeldía de la esperanza.
Mantendré vivo ese espíritu de firmeza y determinación todos y cada uno de los 100 días que me quedan en el cargo.
Pero el compromiso con los valores y principios de las Naciones Unidas no empieza con un mandato y tampoco termina con él.
Esos valores y principios son más grandes y perduran más que cualquier cargo.
Por eso les aseguro que, a partir del 1 de enero, cuando ya no sea Secretario General, esté donde esté y haga lo que haga, voy a seguir pregonando la idea de que la paz es posible, de que la dignidad humana es universal, de que el poder de la ley debe prevalecer sobre la ley del poder y de que vale la pena luchar por nuestro futuro común.
Voy a seguir defendiendo los valores de la Carta de las Naciones Unidas.
Y no me voy a rendir nunca jamás.
Muchas gracias.
&Fcc
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