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Durante el Te Deum regional, Jorge Concha Cayuqueo cuestionó la distancia entre las decisiones políticas adoptadas desde Santiago y la realidad cotidiana de las regiones. El obispo puso especial énfasis en La Araucanía y en un conflicto mapuche que, pese a los anuncios y propuestas de sucesivos gobiernos, continúa sin una solución de fondo.

No fue un llamado protocolar ni una referencia circunstancial. Desde una región acostumbrada a ser observada desde Santiago cada vez que la violencia escala, el obispo de Temuco, Jorge Concha Cayuqueo, lanzó una crítica directa al centralismo y a la distancia que, a su juicio, existe entre quienes toman las decisiones y las realidades concretas que esas decisiones pretenden resolver.

Durante el Te Deum realizado en La Araucanía, el religioso apuntó a una de las dificultades históricas del país: la tendencia a diseñar políticas desde el centro político y administrativo sin considerar suficientemente las particularidades de los territorios.

Y en La Araucanía esa discusión tiene un nombre ineludible: la relación entre el Estado y el pueblo mapuche.

El obispo planteó que el Estado debe ser capaz de asumir las realidades específicas de cada región y, en el caso de la Macrozona Sur, enfrentar una situación que permanece abierta pese a los esfuerzos, propuestas y anuncios realizados por distintos gobiernos.

El conflicto que Santiago no ha logrado resolver.

El diagnóstico no es nuevo, pero precisamente por eso adquiere mayor fuerza.

Durante años, distintas administraciones han anunciado estrategias, comisiones, planes de seguridad, procesos de diálogo y propuestas políticas para abordar la situación de La Araucanía y la relación con el pueblo mapuche. Sin embargo, la persistencia del conflicto demuestra que ninguna de esas aproximaciones ha conseguido cerrar una controversia que combina dimensiones históricas, territoriales, políticas, sociales, económicas y de seguridad.

En ese escenario, la crítica al centralismo adquiere una dimensión que va más allá de una disputa entre regiones y Santiago.

La pregunta de fondo es si un problema con características tan particulares puede ser abordado adecuadamente mediante decisiones diseñadas fundamentalmente desde la capital, con una mirada que corre el riesgo de simplificar una realidad territorial mucho más compleja.

Concha Cayuqueo apuntó precisamente a esa desconexión. A su juicio, quienes tienen la responsabilidad de conducir política y administrativamente el país deben ser capaces de comprender las particularidades de cada territorio y no limitarse a aplicar desde el centro respuestas que pueden no interpretar adecuadamente lo que ocurre en las regiones.

El problema de gobernar desde Santiago.

La crítica del obispo también alcanza a la clase política.

Según planteó, existe discurso y existe voluntad declarativa, pero falta un paso fundamental: bajar ese discurso a la realidad concreta de las regiones.

La frase resulta especialmente significativa en La Araucanía, donde las consecuencias de las decisiones políticas no se viven en abstracto. Se viven en comunidades rurales, caminos, predios, escuelas, emprendimientos, comunidades mapuche y localidades que han experimentado durante años los efectos de un conflicto que ha generado víctimas, pérdidas materiales, desconfianza y una profunda fractura entre distintos actores del territorio.

Por eso, reducir la discusión a la dicotomía seguridad versus reivindicación indígena tampoco parece suficiente para explicar el problema.

El desafío político consiste precisamente en abordar simultáneamente las distintas dimensiones de la crisis: la seguridad de las personas, el respeto al Estado de Derecho, los derechos de los pueblos indígenas, las demandas territoriales, la reparación histórica y las condiciones que permitan construir una convivencia duradera.

Son asuntos distintos, aunque inevitablemente conectados.

Una advertencia que interpela a todos.

El mensaje del obispo de Temuco apunta, en definitiva, a una cuestión mayor: Chile no puede pretender resolver desde Santiago aquello que no comprende suficientemente desde los territorios donde el conflicto ocurre.

Eso no significa que las regiones deban quedar al margen de las decisiones nacionales ni que cada territorio pueda establecer sus propias reglas. Significa, más bien, que las políticas públicas necesitan incorporar la experiencia y las particularidades de quienes viven cotidianamente las consecuencias de esas decisiones.

En La Araucanía, esa discusión lleva demasiado tiempo pendiente.

Mientras los gobiernos cambian, las estrategias se suceden y los discursos políticos se renuevan, el problema de fondo permanece. Y esa continuidad debería obligar a la política a revisar no solo qué respuestas ha intentado implementar, sino también desde dónde, con quiénes y bajo qué comprensión del territorio las ha diseñado.

El llamado de Jorge Concha Cayuqueo toca precisamente ese punto.

No basta con venir a La Araucanía cuando la crisis estalla. Tampoco parece suficiente hablar de la región desde Santiago.

Si el conflicto mapuche continúa sin una solución de fondo después de sucesivos gobiernos, quizás la pregunta ya no sea solamente qué nueva propuesta anunciar, sino cuánto ha contribuido el centralismo a impedir que el poder político comprenda la complejidad de la realidad que pretende transformar.

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