Su expareja y madre de su hijo mayor relata cómo una acusación que califican de injusta terminó alterando la vida de toda una familia. El relato pone el foco en las consecuencias personales de una larga privación de libertad y en el impacto que tuvo el proceso sobre el hijo de ambos, quien, según su madre, nunca dejó de confiar en su padre.
Carolina Sanhueza conoce a Daniel Valencia desde hace 24 años. Aunque actualmente ya no son pareja, existe entre ambos un vínculo que permanece: son padres de un hijo y, durante más de dos décadas, ella ha sido testigo directo de su vida personal y familiar.
Por eso, cuando conoció la acusación que llevaría a Valencia a prisión preventiva y posteriormente a cumplir arresto domiciliario total mientras esperaba su juicio oral, su reacción —dice— fue de incredulidad.
“Conozco a Daniel desde hace 24 años. Es el padre de mi hijo mayor y durante todo este tiempo lo he conocido como una persona sincera, empática, comprometida y profundamente respetuosa”, relata.
Sanhueza sostiene que existe una profunda distancia entre el hombre que ella conocía y la imagen que, a su juicio, comenzó a instalarse a partir de la acusación. Una contradicción que, asegura, fue particularmente dolorosa para su familia.
“Para quienes lo conocemos de cerca, resultaba muy difícil conciliar al Daniel de todos los días con la gravedad de aquello que se le atribuía”, señala.
A partir de entonces comenzó lo que describe como una verdadera pesadilla familiar. Valencia —quien además se desempeñó como jefe de gabinete del alcalde de Collipulli, Manuel Macaya— pasó de su vida cotidiana a una realidad marcada por la prisión preventiva. Más tarde, aun cuando recuperó la posibilidad de permanecer en su domicilio, continuó sometido a una medida cautelar que, según el relato familiar, le impidió desarrollar normalmente su actividad laboral mientras esperaba el juicio oral.
Pero las consecuencias del proceso no se limitaron a quien estaba siendo investigado.
El costo invisible de una acusación.
Para Sanhueza, uno de los aspectos más complejos fue enfrentar la situación con su hijo. ¿Cómo explicarle a un niño que su padre, una persona que había estado presente en su vida desde el primer día, estaba siendo acusado de un delito de extrema gravedad?
La respuesta del hijo, recuerda, fue inmediata y contundente: creyó en su padre.
“Confiaba plenamente en él y esperaba que, en algún momento, pudiéramos despertar de aquella pesadilla”, cuenta.
Mientras permaneció privado de libertad, Valencia buscó mantener el vínculo con su hijo. Según Sanhueza, ese contacto se transformó en uno de los principales motivos para resistir el difícil escenario que enfrentaba.
Hay, sin embargo, un episodio que para ella resume la dimensión humana de la experiencia.
Valencia le pidió que su hijo no fuera a visitarlo a la cárcel. No porque no quisiera verlo, sino precisamente por lo contrario. Temía que el encuentro lo quebrara emocionalmente y que su hijo terminara cargando con un sufrimiento todavía mayor.
“Incluso en uno de los momentos más difíciles de su propia vida, pensó primero en proteger a su hijo”, recuerda Sanhueza.
La escena revela una dimensión que muchas veces queda fuera de los expedientes judiciales: mientras fiscales, defensas, tribunales y abogados discuten antecedentes, imputaciones y medidas cautelares, detrás de cada persona sometida a un proceso existe una familia que también enfrenta las consecuencias.
En este caso, dice Sanhueza, fue su hijo quien vivió esa tensión desde una posición particularmente compleja: debía comprender una acusación que no alcanzaba a conciliar con la imagen que tenía de su padre.
El reencuentro.
Uno de los momentos que la familia recuerda con mayor intensidad fue el regreso de Valencia a su casa.
Antes de saber con certeza qué ocurriría, su hijo le habría dicho a la madre de Daniel que sentía que algo iba a pasar. La relación entre ambos, explica Sanhueza, siempre ha sido especialmente estrecha.
Finalmente llegó el reencuentro.
Después de meses marcados por la incertidumbre, las restricciones y la distancia, padre e hijo pudieron volver a abrazarse. Para Sanhueza, aquel momento tuvo una consecuencia particularmente significativa: el niño recuperó junto a su padre una sensación de seguridad que el proceso había puesto a prueba.
“Cerca de su padre, nuestro hijo volvió a sentirse fuerte”, relata.
El episodio también dejó otra enseñanza. Según su madre, la experiencia terminó convirtiendo a Valencia, a los ojos de su hijo, en un ejemplo de fortaleza y resiliencia.
Cuando el proceso judicial alcanza a toda una familia.
El caso de Daniel Valencia, tal como lo relata su expareja, permite observar una dimensión que suele quedar relegada frente al debate estrictamente jurídico: el impacto que una investigación penal puede tener sobre el entorno más cercano de una persona.
La prisión preventiva, las restricciones posteriores, la imposibilidad de trabajar con normalidad y la incertidumbre respecto del desenlace judicial no constituyen únicamente circunstancias procesales para quien las enfrenta. También repercuten sobre sus hijos, padres, parejas, amigos y comunidades.
Sanhueza asegura que, durante ese período, Valencia no estuvo solo. Su familia, amigos y pareja permanecieron junto a él, convencidos —dice— de que conocían a la misma persona que había sido antes de la acusación.
“Siempre estuvieron personas que lo conocían desde hacía años y que continuaron reconociendo en él al mismo ser humano que habían conocido siempre”, sostiene.
Para ella, esa red de apoyo fue determinante.
Su hijo, agrega, probablemente nunca olvidará lo ocurrido. Hay experiencias que, incluso cuando terminan, dejan marcas en la memoria de una familia. Pero Sanhueza cree que también quedó algo más: una lección sobre la dignidad, la fortaleza y la confianza.
“Hay situaciones que dejan una huella inevitable en la vida de un niño y de una familia. Pero, dentro de todo ese dolor, su padre consiguió transmitirle algo que también permanecerá con él: que incluso en los momentos más difíciles hay que sostenerse en quienes nos aman, mantener la dignidad y confiar en que la verdad, finalmente, puede salir a la luz”.
Después de 24 años de conocer a Daniel Valencia, Sanhueza dice no tener dudas respecto de cómo enfrentó el proceso.
Y resume toda esa experiencia desde un lugar que no aparece en ningún expediente judicial: el de una madre que observó a un padre intentando proteger a su hijo mientras él mismo atravesaba uno de los períodos más difíciles de su vida.
“Por encima de cualquier circunstancia, para él siempre ha estado primero su hijo”.
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