Por: Marisol González, académica de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC)
Especialistas advierten que la distracción digital altera los mecanismos de saciedad, empeora la calidad de la dieta y debilita los vínculos familiares.
Ver una serie mientras se almuerza, revisar TikTok durante la cena o acompañar cada comida con una ráfaga de reels se ha convertido en un hábito cotidiano. Aunque suele percibirse como una forma inocua de entretenimiento o compañía, la ciencia enciende las alarmas: la presencia constante de pantallas sobre la mesa altera profundamente la manera en que nos alimentamos, afectando desde la cantidad de comida que ingerimos hasta la experiencia misma de comer.
Marisol González, académica de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC) e integrante del Grupo de Innovación PROSALUD-UCSC, explica que el principal problema radica en el desvío de la atención. Al concentrarnos en un estímulo digital, el cerebro disminuye su capacidad para reconocer las señales biológicas de hambre y saciedad.
“Cuando comemos mientras vemos televisión o utilizamos el celular, nuestra atención está enfocada en una actividad distinta. Esto dificulta que nos demos cuenta de las alertas que envía nuestro organismo, lo que favorece un consumo superior a nuestros requerimientos reales”, advierte la nutricionista.
Una puerta abierta a los ultraprocesados.
De acuerdo con la especialista, comer en «piloto automático» no solo hace que comamos más, sino también peor. Esta desconexión aumenta la probabilidad de elegir alimentos de alta densidad energética y baja calidad nutricional, además de acelerar el ritmo de la ingesta. “Se come con mayor rapidez y se pierde la oportunidad de disfrutar plenamente de la experiencia gastronómica”, añade González.
Pero el impacto va más allá de lo estrictamente nutricional; también golpea al entorno social. La mesa, que tradicionalmente ha sido un espacio de encuentro y conversación familiar, hoy se ve desplazada cuando cada integrante prioriza su propio dispositivo electrónico.
El valor de comer con conciencia.
Frente a este escenario, los expertos recomiendan establecer «zonas libres de pantallas» durante los horarios de alimentación. Retomar el control del momento de la comida no solo ayuda a regular las porciones, sino que revaloriza el acto alimentario.
“Prestar atención al momento de comer es fundamental. Nos permite ser conscientes del tipo, la calidad y la cantidad de alimentos que ingresan a nuestro cuerpo, promoviendo una mayor satisfacción”, destaca la académica.
Finalmente, González hace un llamado a recuperar las comidas en comunidad, un factor clave para el desarrollo de las etapas más tempranas: “Compartir este momento sin distracciones digitales favorece la comunicación, fortalece los vínculos afectivos y permite transmitir hábitos saludables a los niños a través del ejemplo”.

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