Por: Marco Antonio Vásquez Ulloa, Contador Público y Auditor de la Universidad de la Frontera es además Ingeniero Comercial, licenciado en Ciencias de la Administración de la Universidad Autónoma de Chile. Obtuvo su título de Magister en Gestión mención Gestión empresarial en posgrado dictado por la Universidad de la Frontera en alianza con la Write State University de Ohio de U.S.A.
En América Latina se ha instalado una idea que muchos repiten como una verdad absoluta: que la derecha garantiza el crecimiento económico y que la izquierda solo sabe distribuir riqueza. Como especialista en el área, creo que ese es un falso dilema que empobrece el debate y nos impide pensar en un desarrollo más completo.
Ningún economista serio, sea de izquierda o de derecha, busca el estancamiento. Todos sabemos que sin crecimiento no hay empleo de calidad, mejores salarios ni recursos suficientes para financiar educación, salud, seguridad o infraestructura. La verdadera diferencia está en cómo se genera esa riqueza y cómo sus beneficios llegan a toda la sociedad.
La evidencia internacional demuestra que el crecimiento no depende de una ideología, sino de buenas instituciones, estabilidad macroeconómica, inversión, innovación y capital humano. El economista Douglass North destacó el papel de las instituciones; Daron Acemoglu y James Robinson demostraron que las instituciones inclusivas son la base del desarrollo; Dani Rodrik sostiene que no existe un único modelo exitoso y que cada país debe encontrar el equilibrio entre Estado y mercado.
Desde una mirada progresista, Joseph Stiglitz ha planteado que una desigualdad excesiva termina debilitando el crecimiento, mientras Amartya Sen recuerda que el desarrollo consiste en ampliar las capacidades y oportunidades de las personas, no solo en aumentar el PIB. En Chile, Ricardo Ffrench-Davis ha defendido durante décadas un camino de “crecimiento con equidad”, donde la responsabilidad macroeconómica convive con políticas públicas que amplían las oportunidades.
La experiencia internacional confirma estas ideas. Los países nórdicos combinan economías abiertas con sólidos Estados de bienestar. Uruguay demostró que un gobierno progresista puede mantener estabilidad, atraer inversión y reducir la pobreza. Chile también creció gracias a políticas económicas que trascendieron distintos gobiernos, demostrando que el éxito no pertenece a un solo sector político.
La izquierda del siglo XXI no debe renunciar al crecimiento económico; debe liderarlo. Un crecimiento que promueva la inversión, la innovación y el emprendimiento, pero que también reduzca desigualdades y amplíe oportunidades.
Es tiempo de superar los prejuicios. El crecimiento económico no es de derecha, como la justicia social no es patrimonio exclusivo de la izquierda. Ambos son objetivos inseparables de un país que aspira al desarrollo.
La ciudadanía merece un debate basado en evidencia y resultados, no en etiquetas ideológicas. Porque el verdadero desafío no es elegir entre crecimiento o equidad, sino construir un modelo donde ambos se fortalezcan mutuamente.
El desafío está en trabajar responder la siguiente interrogante: ¿puede construirse un proyecto progresista que tenga como eje central el crecimiento económico, la productividad y la innovación, sin renunciar al Estado de bienestar ni a la reducción de la desigualdad? Estoy trabajando en esto.

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