Por: Alondra Neira Rivera, Psicóloga Clínica, Magíster en Terapias de Tercera Generación, Universidad Internacional de Valencia, España.
¿Te ha pasado que despiertas en un día lluvioso y sientes menos energía, más sueño o simplemente menos ganas de realizar tus actividades? Aunque muchas veces no le damos importancia, las condiciones climáticas pueden influir en cómo nos sentimos emocionalmente y en la manera en que enfrentamos nuestra rutina diaria.
En el sur de Chile, donde los días nublados, las lluvias y los cambios bruscos de temperatura son frecuentes, especialmente durante las transiciones de estación, es importante comprender que nuestro bienestar emocional también puede verse influido por el entorno. Una de las formas en que el clima puede influir en nuestro bienestar tiene que ver con algo tan cotidiano como la cantidad de luz que recibimos durante el día. Nuestro cerebro posee un sistema que funciona como un reloj interno y que ayuda a organizar diferentes procesos del organismo a lo largo de las 24 horas. Para mantenerlo sincronizado con el ambiente, necesita recibir señales del exterior, y una de las más importantes es la luz.
Podemos imaginarlo como una especie de señal que le indica al cerebro: “ya comenzó el día, es momento de estar despiertos y activos”. Por eso, la luz que recibimos durante la mañana no solo permite que veamos mejor: también ayuda a que nuestro organismo diferencie el día de la noche y ajuste progresivamente nuestro nivel de activación.
A medida que llega la noche y disminuye la luz, ocurre el proceso contrario: nuestro cuerpo comienza a prepararse para el descanso.
Por otro lado, cuando varios días están muy oscuros o cuando pasamos gran parte de la jornada en espacios interiores con poca luz natural, esta señal ambiental suele ser menos intensa. En algunas personas esto puede traducirse en mayor somnolencia, dificultad para sentirse completamente despiertas durante la mañana, menor energía o una sensación de que “cuesta iniciar”
.Esto ayuda a entender por qué algunas personas sienten que un día muy nublado no solo cambia el paisaje, sino también su propio ritmo, “me levanté, pero siento que todavía no desperté del todo”.
Además, la luz y el sueño están estrechamente relacionados. Si nuestros horarios de sueño se modifican porque dormimos más, nos acostamos más tarde o permanecemos durante mucho tiempo en ambientes oscuros, podemos alterar aún más las señales que ayudan a organizar nuestro ciclo de sueño y vigilia.
Por eso, no se trata simplemente de que “la falta de sol nos pone tristes”. La relación es bastante más interesante: la luz funciona como una señal ambiental que ayuda a organizar nuestros ritmos biológicos y, a través de ellos, puede influir indirectamente en aspectos como la energía, el sueño, la concentración y la disposición para realizar actividades.
Y aquí aparece otro punto importante: la luz no actúa de manera aislada. Si un día oscuro hace que durmamos hasta más tarde, salgamos menos, nos movamos menos y pasemos todo el día en casa, el efecto sobre nuestro bienestar puede provenir de la combinación de todos esos cambios.
Además, no todas las personas responden de la misma manera a estas modificaciones ambientales. Algunas logran adaptarse con mayor facilidad a los cambios estacionales, mientras que otras pueden experimentar más dificultades, desmotivación, irritabilidad o ansiedad. Esto también depende de factores psicológicos individuales, como la flexibilidad para adaptarse a nuevas rutinas, la necesidad de mantener cierta estructura y la forma en que cada persona regula sus emociones frente a los cambios.
Por ejemplo, para alguien que disfruta realizar actividades al aire libre, hacer deporte o mantener una vida social activa, la llegada del invierno puede implicar una modificación importante de su rutina. Si además le cuesta adaptarse a estas nuevas condiciones, puede experimentar frustración, ansiedad o una disminución de su bienestar.
Por eso, cuando hablamos del impacto del clima en el estado de ánimo, no estamos hablando de una causa única, sino de una combinación de factores biológicos, ambientales y psicológicos. La cantidad de luz que recibimos puede iniciar una cadena de pequeños cambios, pero también importa cómo cada persona los experimenta, interpreta y se adapta a ellos.
¿Qué podemos hacer para cuidar nuestro bienestar?
Más que intentar controlar el clima, podemos aprender a reconocer cómo nos afecta y adaptar nuestras rutinas.
- Observar sin juzgar.
Podemos preguntarnos: ¿Cómo cambia mi energía cuando hay varios días nublados? ¿Duermo más? ¿Me cuesta iniciar actividades? ¿Me siento más irritable?
Reconocer estos patrones favorece el autoconocimiento y permite distinguir entre una respuesta ocasional y un cambio que comienza a interferir significativamente en nuestra vida.
- Mantener cierta exposición a la luz natural.
Incluso en días nublados existe luz natural. Siempre que las condiciones lo permitan, puede ser beneficioso salir durante el día, abrir las cortinas y procurar realizar alguna actividad cerca de espacios con iluminación natural.
- Adaptar, no eliminar, las actividades.
Si normalmente caminamos al aire libre, podemos buscar una alternativa para los días de lluvia: caminar en un espacio interior, realizar ejercicio en casa o acudir al gimnasio. La idea es mantener el movimiento y la estructura de nuestras rutinas, aunque tengamos que modificarlas.
- Mantener el contacto social.
El mal tiempo puede convertirse fácilmente en una razón para aislarnos. Mantener el contacto con otras personas, presencialmente o mediante una llamada o videollamada, puede ayudarnos a conservar espacios de conexión y apoyo.
- Incorporar actividades agradables.
No todo tiene que ser productividad. Leer, escuchar música, cocinar, ver una película, practicar un hobby o simplemente descansar también puede formar parte de una rutina saludable. La clave está en que el descanso sea elegido y reparador, y no únicamente consecuencia de dejar de hacer actividades.
- Cuidar los horarios de sueño.
Intentar mantener horarios relativamente regulares para dormir y despertar ayuda a mantener una estructura estable, incluso cuando afuera está oscuro o nublado.
- Escuchar las señales del cuerpo.
Sentir algo más de sueño o menor energía durante determinados días puede ser una respuesta normal. Podemos permitirnos bajar un poco el ritmo sin abandonar completamente nuestras necesidades básicas, responsabilidades y actividades significativas.
¿Cuándo debemos prestar mayor atención?.
Sentir menos energía durante algunos días no significa necesariamente que exista un problema de salud mental. Sin embargo, cuando la tristeza, la falta de motivación, la irritabilidad, el aislamiento o los cambios en el sueño persisten y comienzan a afectar nuestras relaciones, el trabajo o las actividades cotidianas, es recomendable buscar orientación profesional.
Cuando estos cambios aparecen de manera recurrente y generan un deterioro importante en el funcionamiento cotidiano, es importante realizar una evaluación adecuada y no atribuir automáticamente todos los síntomas al clima.
El objetivo no es temerle a los días grises ni obligarnos a sentirnos de una determinada manera. Se trata de conocernos, identificar qué necesitamos y desarrollar estrategias que nos permitan mantener nuestro bienestar incluso cuando las condiciones externas cambian. Así como nos abrigamos para protegernos del frío, también necesitamos desarrollar herramientas para cuidar nuestra salud emocional.
Aprender a reconocer nuestras necesidades, respetar nuestros tiempos, mantener actividades que nos hacen bien y pedir ayuda cuando sea necesario también es parte esencial de nuestro bienestar.
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