Por: Mg. Marco Antonio Vásquez Ulloa – Ingeniero Comercial-Contador Público y Auditor -Académico Facultad de Ciencias Jurídicas y Empresariales Universidad de La Frontera.
Septiembre tiene en Chile una particularidad que no podemos ignorar. Mientras algunos lo viven como un mes de celebraciones, para otros representa memoria, dolor y heridas que aún permanecen abiertas. Y quizás una de las razones por las que esas heridas no terminan de cicatrizar es que como sociedad todavía no hemos sido capaces de mirar nuestra historia con suficiente verdad, evidencia y serenidad.
Karl Popper nos dejó una advertencia que hoy adquiere una extraordinaria vigencia: una sociedad excesivamente tolerante puede terminar siendo destruida por quienes utilizan esa misma tolerancia para imponer la intolerancia.
La pregunta entonces resulta inevitable: ¿hasta cuánto estamos dispuestos a tolerar?.
Una democracia debe tolerar el pensamiento diferente. Debe permitir que alguien cuestione el gobierno de la Unidad Popular, critique a la izquierda, reivindique el libre mercado o defienda una posición conservadora. Incluso debemos defender el derecho de quienes piensan radicalmente distinto a nosotros a expresar sus ideas.
Pero tolerar no significa aceptar que cualquier afirmación tenga el mismo valor que un hecho demostrado.
En Chile podemos discutir las causas que llevaron al quiebre institucional de 1973. Podemos debatir las responsabilidades políticas de todos los actores. Eso es parte de la libertad intelectual.
Lo que no podemos relativizar son los hechos acreditados por la evidencia: las desapariciones, las ejecuciones, la tortura y las graves violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura. Tenemos testimonios, archivos, investigaciones, informes oficiales y procesos judiciales. No son una cuestión de gustos políticos.
Por eso las recientes declaraciones de Javier Milei en Chile, en el marco del Foro Madrid, reivindicando aspectos de la dictadura de Pinochet, no deberían ser observadas solamente como una provocación política. Debieran llevarnos a reflexionar sobre algo más profundo: qué ocurre cuando el debate democrático comienza a normalizar discursos que relativizan la dignidad y los derechos de quienes piensan distinto.
Hannah Arendt nos enseñó cuánto peligro puede existir cuando la mentira política termina ocupando el lugar de la realidad. Y Popper nos recuerda que la tolerancia no puede ser ingenua.
La pregunta que septiembre nos deja no es solamente qué recordamos. Es qué aprendimos.
¿Hasta cuánto estamos dispuestos a tolerar? Mi respuesta es sencilla: hasta el momento en que nuestra tolerancia comience a permitir que otros destruyan la libertad, la dignidad y los derechos que hacen posible que todos podamos convivir en democracia.
Porque una democracia que tolera todo, incluso aquello que pretende destruirla, puede terminar perdiendo precisamente aquello que quiso proteger.

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