Por: Daniel Sandoval Poblete, Periodista.

Hace unos meses vengo sosteniendo conversaciones con distintas dirigencias sociales y líderes locales y me deja una sensación cada vez más evidente.

Existe una abulia, agotamiento social profundo, una fatiga comunitaria que se expresa en quienes llevan años sosteniendo organizaciones, convocando personas, resolviendo conflictos internos y empujando causas colectivas sin ver las transformaciones que esperaban desde sus convicciones más profundas. El desgaste no es solamente emocional, también es político y comunitario, ya que sostener permanentemente a otros, sin resultados concretos, termina inevitablemente por cansar.

A ello se suma el contexto que hemos vivido durante los últimos años. Salimos de una pandemia que fracturó vínculos sociales, atravesamos múltiples procesos electorales consecutivos y fuimos testigos de dos procesos constituyentes fallidos que dejaron frustración e incertidumbre. Todo esto ha impactado directamente en la capacidad de las comunidades para volver a organizar acción colectiva, hoy cuesta más reunirse, convocar, entusiasmar y volver a creer que las cosas pueden cambiar. ¿Cómo volvemos a encontrarnos con nuestras causas comunes?

Hace algunos días, un diputado —hijo del Presidente— afirmó que la izquierda había perdido capacidad de movilización. Esa declaración, más que un análisis profundo, parece una mirada miope y desconectada de la realidad social que vive el país. Pensar que la movilización tiene un solo domicilio político o que responde exclusivamente a estructuras partidarias es no entender cómo se construye el tejido social. La movilización no ocurre únicamente en las calles ni depende solo de grandes marchas o banderas flameando como lo imagina en su mente este parlamentario republicano.

La movilización es también escribir una columna, quien sostiene un programa de radio, quien organiza talleres, capacitaciones o activa reuniones y un largo etcétera. Movilizarse es asumir una actitud de liderazgo colectivo y de compromiso con otros, el problema es que ese liderazgo atraviesa una crisis de agotamiento frente a un modelo institucional que muchas veces impide transformar la realidad. Municipios y gobiernos regionales sin atribuciones suficientes, un Congreso distante de las urgencias territoriales y decisiones centralizadas terminan debilitando la esperanza de quienes sostienen diariamente la vida comunitaria.

Pero este agotamiento no es un problema menor ni únicamente organizacional. Cuando las comunidades dejan de encontrarse, cuando los barrios pierden organización y las dirigencias se cansan, aparecen con mayor fuerza los populismos, los abusos y las soluciones fáciles. Allí donde retrocede la vida comunitaria, avanzan el individualismo, la desconfianza y quienes buscan aprovecharse del malestar social ofreciendo respuestas simples a problemas complejos. Por eso, más que exigir épicas permanentes, el desafío actual pasa por acompañar y reconstruir las condiciones para volver a tejer comunidad. Los líderes locales necesitan apoyo, contención y empatía, pero también resultados concretos que devuelvan sentido al esfuerzo colectivo el que sigue siendo una tarea urgente y profundamente democrática.

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