En La Araucanía seguimos hablando de la basura como si el único destino posible fuera recogerla, transportarla y pagar para enterrarla. Millones de pesos públicos se destinan cada año a gestionar residuos que, en muchos casos, podrían tener una segunda vida.
La experiencia de la Cooperativa Fértil de Vilcún demuestra que existe otra posibilidad.
Seis jóvenes profesionales de la región decidieron convertir un problema ambiental en una actividad productiva. Hoy producen alrededor de 500 toneladas de compost mensuales, utilizando residuos orgánicos provenientes de la agroindustria, como cáscara de avena y desechos forestales, entre otros materiales.
Lo que antes podía terminar convertido en desperdicio hoy se transforma en un producto con valor para la agricultura y que ya tiene presencia en el mercado regional.
Y aquí aparece una pregunta incómoda: si existen emprendimientos capaces de transformar residuos orgánicos en recursos, ¿por qué los municipios siguen considerando esos residuos principalmente como un costo?
La propia cooperativa podría recibir residuos orgánicos provenientes de los municipios. Esto abre una posibilidad que merece ser estudiada seriamente: reducir costos de disposición, disminuir la cantidad de residuos que llegan a los sistemas tradicionales y, simultáneamente, generar un producto útil para el sector agrícola.
No es una idea surgida desde un escritorio.
Hace algunos años, esta iniciativa se desarrollaba prácticamente de manera artesanal, con palas y herramientas básicas. Hoy sus integrantes han logrado profesionalizar el proceso, aumentar significativamente su producción y entrar al mercado regional.
También existe un elemento que suele quedar fuera de las grandes discusiones sobre desarrollo: son jóvenes profesionales de La Araucanía que están creando actividad económica en su propio territorio.
Por eso, la discusión no debiera limitarse a felicitar a quienes emprendieron este camino.
La verdadera pregunta es otra: ¿Qué está haciendo la región para que estas experiencias se multipliquen?
Porque si un emprendimiento local puede transformar residuos de la agroindustria en compost, cabe preguntarse qué ocurriría si se conectaran de manera sistemática las necesidades de los municipios, los residuos de las actividades productivas y la capacidad de empresas y cooperativas regionales.
La economía circular no debería convertirse en una frase bonita para discursos, seminarios y documentos de planificación. Tiene que traducirse en decisiones concretas.
Mientras seguimos discutiendo dónde llevar la basura y cuánto cuesta disponerla, hay personas que están demostrando que parte de esos residuos puede convertirse en materia prima.
Tal vez el problema no sea solamente cuánto cuesta nuestra basura. Tal vez el problema sea que todavía no hemos aprendido a verla como un recurso.
La experiencia de Vilcún está ahí. La pregunta es si las autoridades regionales y municipales tendrán la voluntad de mirarla no como una excepción, sino como una experiencia que merece ser evaluada, apoyada y eventualmente replicada.
Porque una región que pretende avanzar hacia un desarrollo sostenible no puede limitarse a producir residuos y pagar por hacerlos desaparecer. Tiene que aprender a convertirlos en valor.
&fcc
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