Por Marco Moreno – Decano Economía, Gobierno y Comunicaciones Universidad Central.

En la política chilena, los desayunos, cafés, almuerzos y cenas rara vez tienen que ver únicamente con la gastronomía. Son instituciones informales del poder. Cuando las diferencias comienzan a hacerse públicas, la élite política suele volver a esos espacios privados para reconstruir confianzas, alinear estrategias y procesar conflictos antes de que terminen afectando la conducción del gobierno.

La invitación del presidente José Antonio Kast a desayunar este viernes con los presidentes de los partidos que respaldan al Ejecutivo debe leerse precisamente en esa tradición. No porque un desayuno vaya a resolver las tensiones del oficialismo, sino porque revela algo mucho más importante: La Moneda parece haber identificado correctamente cuál es hoy su principal desafío político.

Durante los primeros meses de gobierno, la principal preocupación estuvo fuera de La Moneda. Construir mayorías, enfrentar a la oposición, instalar prioridades y administrar las inevitables crisis de toda administración que comienza. En otras palabras, producir gobernabilidad hacia afuera.

Pero los gobiernos atraviesan un momento en que esa ecuación cambia. La principal dificultad deja de estar en los adversarios y comienza a surgir entre quienes sostienen políticamente al propio Ejecutivo. Propongo llamar a este fenómeno gobernabilidad interna: la capacidad del Ejecutivo para coordinar, disciplinar y conducir políticamente a la alianza que sostiene al gobierno. En los sistemas multipartidistas, esa dimensión suele ser tan decisiva para el éxito gubernamental como la propia relación con la oposición.

La fallida acusación constitucional contra el exministro Nicolás Grau constituye probablemente la primera evidencia visible de ese cambio de etapa. La noticia no fue que la oposición al gobierno del expresidente Gabriel Boric rechazara el libelo. Eso era perfectamente previsible. La señal política estuvo en otro lugar: en las dificultades del oficialismo para actuar como un bloque plenamente coordinado. Más que una derrota parlamentaria, el episodio expuso un problema de conducción política.

La ciencia política distingue claramente entre una alianza electoral y una coalición de gobierno. Como han mostrado Kaare Strøm y Wolfgang Müller, ganar una elección no garantiza la existencia de una coalición capaz de gobernar. Las alianzas se organizan para conquistar el poder; las coaliciones deben resolver un desafío bastante más complejo: sostener la acción colectiva una vez alcanzado ese poder.

Ese tránsito nunca es automático. Durante la campaña, las diferencias partidarias permanecen subordinadas al objetivo de ganar la elección. Una vez instalado el gobierno, cada partido vuelve a responder a sus propios incentivos: fortalecer su identidad, diferenciarse de sus socios y proyectarse hacia la siguiente competencia electoral. El problema no es que existan diferencias. Toda coalición democrática convive con ellas. El problema aparece cuando esas diferencias dejan de procesarse internamente y comienzan a transformarse en problemas públicos.

En estricto rigor, el actual oficialismo continúa funcionando más como una alianza electoral que como una coalición de gobierno plenamente institucionalizada. Republicanos, UDI, RN, Evópoli, Demócratas, Social Cristianos y sectores del PDG comparten el respaldo al Ejecutivo, pero todavía enfrentan el desafío de construir reglas, espacios de coordinación y liderazgos capaces de transformar esa convergencia electoral en una verdadera comunidad de gobierno.

En los sistemas presidenciales existe una particularidad que suele pasar inadvertida. El Presidente no solo ejerce como jefe de Estado y jefe de Gobierno. En la práctica, también es el principal líder de la coalición o alianza que sostiene políticamente al Ejecutivo. Nadie más dispone simultáneamente de la legitimidad democrática, la capacidad de fijar prioridades y la autoridad política necesarias para alinear intereses partidarios que, por definición, son diversos.

Por eso resulta significativo que sea el propio presidente Kast quien haya convocado a los timoneles de los partidos oficialistas a La Moneda. Más que delegar esa tarea en un ministro o en el comité político, decidió asumir personalmente la conducción de un problema que comienza a adquirir relevancia estratégica. La invitación puede interpretarse como el reconocimiento de que la gobernabilidad interna se ha transformado en un flanco emergente para el gobierno.

En términos politológicos, ello supone un cambio de etapa. Durante los primeros meses, el liderazgo presidencial estuvo orientado principalmente a construir gobernabilidad externa: relacionarse con la oposición, impulsar la agenda legislativa y administrar la relación con el Congreso. Hoy comienza a emerger una segunda dimensión de ese liderazgo: producir cohesión, disciplina y coordinación dentro de la propia alianza. No se trata solo de gobernar el Estado, sino también de gobernar políticamente a quienes hicieron posible llegar al poder.

La experiencia comparada muestra que cuando los problemas de gobernabilidad externa comienzan a combinarse con dificultades de gobernabilidad interna, los costos políticos tienden a multiplicarse. Los gobiernos ya no solo deben negociar con sus adversarios; también necesitan reducir los costos de coordinación entre sus propios aliados. En ese escenario, el liderazgo presidencial deja de medirse únicamente por su capacidad para conducir el Estado y comienza a evaluarse por su habilidad para mantener cohesionada la coalición que lo respalda.

En ese contexto, el desayuno convocado por el Presidente adquiere un significado distinto. No representa la solución a las tensiones del oficialismo. Representa el reconocimiento de que el problema existe y de que ha cambiado de naturaleza. La gobernabilidad ya no depende únicamente de construir acuerdos hacia afuera. También exige producir coordinación hacia adentro.

Porque, al final, la gobernabilidad comienza en casa. Y en los sistemas presidenciales, el Presidente no solo gobierna el país. También debe gobernar políticamente a quienes hicieron posible su llegada al poder. Cuando esa segunda tarea comienza a ser tan exigente como la primera, la gobernabilidad deja de jugarse únicamente en el Congreso.

Empieza a jugarse, también, alrededor de la mesa de un desayuno en La Moneda. No porque allí se resuelvan mágicamente las diferencias, sino porque ese encuentro representa el inicio de un desafío mucho más profundo: institucionalizar la coordinación política, transformar una alianza electoral en una verdadera coalición de gobierno y dotar al oficialismo de las reglas, liderazgos y mecanismos capaces de sostener la acción colectiva más allá del éxito electoral. Esa es, probablemente, la tarea política más importante que hoy enfrenta La Moneda.

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