Por: Camilo Guzmán, Presidente de la Asociación Gremial de Agricultores Unidos A.G.

El Consejo Regional de La Araucanía aprobó $2,700 millones para un programa de diversificación frutícola que ejecutará CORFO entre 2026 y 2027. La noticia debe mirarse con responsabilidad. Toda inversión que agregue valor, genere empleo y modernice el campo es bienvenida. Pero, como gremio, también debemos decirlo con claridad: Chile no puede seguir financiando reconversiones productivas sin corregir antes las distorsiones de mercado que golpean tanto a la agricultura tradicional como a la fruticultura.

Hay un dato de la propia noticia que conviene leer con atención. El director de CORFO Araucanía, Henry Leal, explicó que la reconversión es relevante porque “estamos teniendo poderes compradores que se están instalando en La Araucanía y que requieren una mayor superficie plantada de frutales”. Es decir, el programa se diseña, en parte, para abastecer a poderes compradores. Y ahí está, justamente, el punto que como asociación gremial queremos poner sobre la mesa.

Mercados concentrados.

Durante décadas, el modelo agroexportador chileno se construyó con fuerte apoyo público: instrumentos de fomento, subsidios, infraestructura y promoción internacional orientados a insertar determinados rubros en los mercados globales. Eso abrió oportunidades reales. Pero también generó un desequilibrio profundo.

Lo que ocurre es que, mientras se fortalecía la matriz exportadora, la agricultura que alimenta a Chile fue quedando debilitada y expuesta. No por abrir la economía, sino porque a unos rubros se les entregó fomento y privilegio, y a otros se los dejó enfrentando mercados concentrados, sin competencia real y sin poder negociador.

La cereza: una advertencia concreta.

La experiencia de la cereza es una advertencia que no conviene ignorar. Según INIA Quilamapu, entre 2022 y 2024 China concentró el 88% del tonelaje y el 91% del valor de las cerezas exportadas por Chile. El mismo organismo califica a ese mercado como “un monopsonio dominante y riesgoso para la estabilidad de la cereza chilena”.

Esa concentración dejó a la industria expuesta: caída de precios, exceso de oferta y productores pagando las consecuencias. En consecuencia, la fruticultura terminó enfrentando el mismo problema de fondo que los cereales: concentración, dependencia de pocos compradores y escaso poder negociador del productor.

Reconvertir no basta.

Esto demuestra que no basta con reconvertir. Si un agricultor sale del trigo porque enfrenta precios opacos, oligopsonio y falta de transparencia, pero entra a una fruta donde también depende de pocos compradores y de condiciones comerciales que no controla, termina cayendo en el mismo problema con otro cultivo. Cambia el rubro, pero no cambia la estructura que lo debilita.

El punto es que la discusión no es fruta contra cereales. La discusión es productores contra distorsiones de mercado.

Un mercado que no funciona.

Hoy los cultivos tradicionales viven una situación crítica. El trigo, el maíz, la avena y el arroz han perdido superficie, han visto cerrar productores y enfrentan una dependencia creciente de las importaciones. No hablamos solo de rentabilidad: hablamos de que el país está perdiendo a los productores que lo alimentan, y no por falta de competitividad, sino por mercados que no funcionan.

El problema no es pedir que el Estado reemplace al mercado. El problema es que no existe mercado sano cuando unos pocos poderes compradores concentran la demanda, imponen condiciones y forman precios sin transparencia. En muchos rubros agrícolas el productor no enfrenta un mercado competitivo, sino estructuras de monopolio u oligopsonio, donde pocos compradores ordenan el precio hacia abajo y trasladan el riesgo al agricultor.

En el trigo esto es evidente: el precio se forma de manera poco clara, muchas veces desconectada de la paridad de importación y de las reglas básicas de competencia. Pero la fruticultura muestra señales parecidas cuando depende en exceso de un solo mercado o de una cadena exportadora concentrada. Por eso insistimos: el adversario del productor no es la competencia, es la falta de competencia.

Herramientas que Chile no se atreve a usar.

Chile cuenta con herramientas reconocidas por el sistema internacional para enfrentar distorsiones graves. La Organización Mundial del Comercio contempla derechos compensatorios para neutralizar subvenciones externas que dañan a una rama de producción nacional, siempre que exista investigación y daño acreditado. No se trata de cerrar la economía ni de inventar barreras artificiales: se trata de cancelar el subsidio de otro gobierno cuando la competencia deja de ser limpia.

Sin embargo, Chile rara vez se atreve a utilizar estos instrumentos. Y no es un problema nuevo. Ya en 2012 la Asociación de Agricultores de Ñuble denunció ante la Fiscalía Nacional Económica distorsiones en el mercado del trigo, y la denuncia terminó archivada. Cuando las herramientas existen pero no se usan, el costo lo termina pagando el productor.

Un mercado que funcione de verdad.

Desde Agricultores Unidos A.G. lo decimos con claridad: no pedimos subsidios ni protección. Pedimos exactamente lo contrario. Que se terminen las distorsiones —incluidas las subvenciones— que hoy falsean el precio que recibe el productor. Que exista transparencia en la formación de precios. Que se respete la paridad de importación, es decir, que el precio de referencia sea el del mercado y no el que impone un comprador único. Que se investiguen y se fiscalicen el abuso de posición dominante, el monopolio y el oligopsonio. Y que Chile use los instrumentos legales disponibles cuando una distorsión externa daña la producción nacional.

Llamado a conversar.

Por eso hacemos un llamado directo a CORFO, a su dirección regional, al Gobierno Regional de La Araucanía y al gobernador: conversemos. Busquemos equilibrio. Financiemos proyectos que no solo impulsen la reconversión, sino que también corrijan las fallas estructurales que golpean al productor primario.

Si hay recursos para diversificar, también debe haber recursos para fortalecer acopios, infraestructura cerealera, secado, almacenamiento, trazabilidad, industrialización local, COTRISA y mecanismos transparentes de comercialización para el trigo, el maíz, la avena, el arroz, los frutales y otros cultivos esenciales.

Diversificar es importante. Pero diversificar sin corregir las distorsiones de mercado es mover al agricultor de un problema a otro.

Que el productor que alimenta a Chile pueda seguir haciéndolo no es un favor que se le pida al Estado: es lo que ocurre cuando el mercado funciona. La Araucanía no necesita abandonar el trigo, el maíz, la avena ni el arroz para tener futuro. Necesita una política pública seria, técnica y valiente, capaz de devolver competencia y transparencia al desarrollo agrícola nacional. Porque cuando el precio lo fija un poder comprador y no la competencia, el costo no lo paga solo el agricultor: lo termina pagando también el consumidor, y sobre todo el más pobre.

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