Por: Mg. Marco Antonio Vásquez Ulloa – Ingeniero Comercial-Contador Público y Auditor – Académico Facultad de Ciencias Jurídicas y Empresariales Universidad de La Frontera.
Por años, miles de chilenos eligieron el Fondo E por una razón simple: buscaban proteger sus ahorros previsionales. No perseguían rentabilidades extraordinarias ni apostaban por complejas estrategias financieras. Lo que querían era llegar a la jubilación con la tranquilidad de que el esfuerzo acumulado durante toda una vida laboral estaría resguardado.
Esa era, al menos, la promesa implícita. Por eso resulta tan preocupante lo ocurrido. Cuando se informa una caída superior al 10%, algunos ven una fluctuación de mercado. Pero detrás de cada porcentaje existen personas reales. Personas que están a meses de jubilar y que ya no cuentan con el tiempo suficiente para recuperar pérdidas significativas.
Pensemos en un trabajador que ha logrado acumular $40 millones en su cuenta previsional. Una disminución de 10,39% representa más de $4 millones menos para financiar su vejez. No se trata de dinero destinado a la especulación ni de una inversión voluntaria de alto riesgo. Son recursos obligatorios cuyo único propósito es sostener una vida digna después del retiro.
Por eso no basta con afirmar que “los mercados bajaron”. Los mercados siempre suben y bajan. La volatilidad es parte natural de cualquier inversión. La verdadera pregunta es otra: ¿por qué un fondo que millones de afiliados consideraban conservador terminó expuesto a riesgos capaces de generar pérdidas de esa magnitud?
El debate tampoco debe reducirse al uso de derivados financieros. Estos instrumentos son legales y ampliamente utilizados en los mercados internacionales. El problema no es su existencia, sino si los riesgos asumidos eran compatibles con la naturaleza de un fondo diseñado para proteger a quienes están más cerca de pensionarse.
Aquí surge una interrogante que aún no tiene una respuesta satisfactoria. ¿Quién evaluó esos riesgos? ¿Quién autorizó tales estrategias? ¿Quién supervisó su implementación? Y, más importante aún, ¿por qué los controles parecen fortalecerse después de que las pérdidas ya se produjeron?
La confianza es el patrimonio más valioso de cualquier sistema previsional. Miles de afiliados aceptaron obtener menores retornos porque entendían que estaban comprando seguridad. Renunciaron a mayores ganancias potenciales a cambio de estabilidad. Hoy muchos descubren que esa seguridad era mucho más frágil de lo que imaginaban.
Administrar fondos previsionales exige un estándar superior de prudencia. No se gestionan recursos de inversionistas sofisticados, sino los ahorros de personas que dependen de ellos para enfrentar la última etapa de sus vidas. Cuando el riesgo supera lo que razonablemente espera un afiliado, el problema deja de ser financiero y se transforma en un problema de confianza.
Porque el verdadero daño no es solamente la pérdida de dinero. El verdadero daño ocurre cuando quienes eligieron protección descubren que estaban asumiendo riesgos que nunca imaginaron.

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