Por Ligia Elena Sarmiento Gómez, directora de Formación e Identidad.
Desde el año 2014 el tercer miércoles del mes de octubre se celebra, el Día Mundial de la Ética. Lo anterior, nació como iniciativa de valor del Consejo Carnegie para la Ética. Este hito que se ha desarrollado por más de 13 años responde precisamente al cuestionamiento respecto a la diversidad de escenarios y acciones desarrolladas por el ser humano y que pueden permear o no, en el bien común. Por lo tanto, este día que debiera de ser conocido por todos, invita a realizarnos cuestionamientos y en el ámbito de la educación superior pero también desde la comunidad, cobra valor preguntarse: ¿Cuál es el rol relevante de formar con sentido ético? ¿Dónde radica su valor? ¿Las nuevas generaciones serán capaces de liderar con gran compromiso moral? ¿Qué debemos hacer nosotros para que la juventud se consolide como lideres que promuevan y fortalezcan el bien común?
En la encíclica Magnifica Humanitas, el Papa su Santidad León XIV, manifiesta que “No basta invocar genéricamente la ética; se necesitan (…) educación», (p.21). Es decir, si la ética que proviene del griego Ethos significa modo de ser, pero como sociedad se desea caminar hacia un modo de ser correcto, se debe por tanto, educar-formar, establecer los mecanismos necesarios para que la dimensión ética del ser humano se consolide y por tanto, sean capaces de liderar con compromiso moral, no obstante, quienes tenemos la labor de formar también tenemos la enorme responsabilidad de cuestionarnos a diario (discernimiento), si nuestro modo de ser corresponde con lo que digo, con lo que hago y con lo que espero, y sí eso que espero beneficia éticamente al entorno. Así como la familia es el ejemplo y primer vínculo del infante, así somos quienes estamos en el mundo educativo y tenemos el valor de formar, somos un vínculo que con ejemplo puede transformar la vida del estudiantado y con ello el futuro de la sociedad, y allí radica el valor de formar con sentido ético, ser ejemplo de buenas acciones cuya bondad de como resultado el fortalecimiento de la juventud.
Su Santidad León XIV en el mismo documento expresa que “La escuela es donde las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse el sentido de la vida y la dignidad de cada persona (…) El mundo educativo se encuentra hoy frente a algunos retos impostergables” (p.27). Precisamente, actuar y ser coherente con la verdad, con el respeto hacia el otro como hacia sí mismo, y el sentido que damos a lo que hacemos, es un desafío que no solo es responsabilidad de una entidad, sino que es responsabilidad de todos como sociedad. Si bien, institucionalmente, trabajamos en formar y fortalecer en ética y responsabilidad social, como parte de nuestro sello valórico, la suma de las acciones de todos y todas, que emergen como un discernimiento individual finalmente podrán o no marcar el camino de los jóvenes y el proceso reflexivo que estos puedan realizar. Si como persona individual, no actúo considerando el bienestar común, sino solo saciar mi bien individual, entonces estoy lejos de hacer un acto genuinamente bueno, y por tanto, cultivando los cimientos para una sociedad cada vez menos humana y más individualizada. El reto para cada uno de nosotros es preguntarnos ¿qué estoy haciendo para generar y formar con mirada en el bien común? Dado que no podemos ni debemos trasladar toda la responsabilidad a las generaciones jóvenes, y debemos hacernos cargo de cómo impactamos en ellas y con esto en el entorno, que convoca con urgencia, el actuar con sentido ético y seguir formando con responsabilidad.

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