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El embajador de Estados Unidos en Chile reivindica un estilo diplomático confrontacional y asegura que Washington ya no practica la diplomacia “del pasado”. Sus declaraciones sobre el estallido social, China y el cable submarino revelan una agenda en la que la defensa de los intereses estadounidenses ocupa el centro de su discurso.

El embajador de Estados Unidos en Chile, Brandon Judd, no parece dispuesto a moderar el tono de sus intervenciones públicas. Por el contrario, reivindica explícitamente una forma de ejercer la diplomacia que se distancia de los códigos tradicionales y que, según sus propias palabras, pone en primer plano los resultados y la defensa de los intereses de Washington.

“Si las personas se molestan por mis respuestas, el problema es de ellos”, afirmó Judd al ser consultado por sus controvertidas declaraciones y por el estilo que ha adoptado desde su llegada al país.

La frase no es solamente una respuesta circunstancial. El propio embajador reconoce que se considera “un tipo diferente de embajador” y sostiene que la diplomacia estadounidense “ya no es la misma del pasado”.

“Cada vez que lo considere necesario, usaré todos los recursos que tengo. La diplomacia para Estados Unidos ya no es la misma del pasado. La diplomacia para Estados Unidos se basa en logros, y vamos a seguir trabajando en ello”, sostuvo.

Judd fue incluso más lejos al señalar que la molestia que puedan generar sus declaraciones no constituye un problema que esté dispuesto a asumir: “Si las personas se molestan por mis respuestas, el problema es de ellos, es su responsabilidad, yo no lo puedo controlar”.

La definición resulta particularmente significativa en un escenario donde el embajador ha intervenido públicamente en asuntos que forman parte del debate político interno chileno.

El estallido social: una afirmación basada en información local.

Una de las controversias más recientes surgió a raíz de sus dichos sobre la eventual participación de organizaciones de izquierda en el estallido social de octubre de 2019.

Consultado al respecto, Judd buscó precisar el origen de esa afirmación. Aseguró que Estados Unidos no desplegó investigadores en Chile para determinar qué ocurrió durante las protestas y que sus conclusiones se construyeron a partir de antecedentes disponibles públicamente.

“No enviamos a nadie a investigar aquí en Chile”, enfatizó.

Según explicó, el análisis se realizó utilizando declaraciones de autoridades electas, comunidades educativas y académicos chilenos.

“Lo que hicimos fue tomar toda la información que había y la analizamos”, señaló, recalcando que “nosotros no realizamos en forma independiente ninguna investigación”.

La precisión deja planteada una cuestión relevante: el embajador está atribuyendo a Estados Unidos una conclusión sobre un episodio especialmente sensible de la historia política reciente de Chile, pero al mismo tiempo reconoce que esa conclusión no provino de una investigación propia, sino del análisis de información y declaraciones provenientes del propio país.

Es una distinción que importa. No es lo mismo una investigación oficial que un análisis de antecedentes públicos. Y en asuntos políticamente controvertidos, la diferencia entre ambas cosas puede ser sustantiva.

Una diplomacia orientada a los intereses de Washington.

Judd, sin embargo, no parece interesado en disimular cuál es la prioridad de su gestión.

“Haré todo lo necesario para apoyar los intereses de Estados Unidos mientras veo también cómo podemos apoyar los intereses chilenos”, afirmó.

La frase expone con particular claridad la lógica que el embajador atribuye a la nueva diplomacia estadounidense: primero están los intereses de Washington y, en paralelo, la búsqueda de espacios donde esos intereses puedan coincidir con los de Chile.

Desde esa perspectiva, su estilo confrontacional no sería un accidente comunicacional, sino parte de una concepción deliberada del cargo.

China: comercio sí, soberanía no.

Uno de los terrenos donde esta postura adquiere mayor relevancia es la relación de Chile con China.

Judd aseguró que el vínculo comercial entre ambos países “nunca ha sido un problema” para Washington.

“Si quieren comprar bienes de China, compren bienes de China. Si quieren vender bienes a China, vendan bienes a China”, sostuvo.

Pero inmediatamente estableció una línea roja: la infraestructura estratégica.

El principal ejemplo es el proyecto de cable submarino entre China y Chile. Para Judd, el asunto deja de ser comercial cuando entra en juego el control de una infraestructura considerada estratégica.

“Cuando hablamos del cable submarino China-Chile, no es un problema comercial, es un tema de soberanía”, afirmó.

Y añadió una advertencia de considerable alcance: “Si ese cable llega a Chile, Chile perderá su soberanía, no tendrá control. Y si pierde ese control, nosotros no podemos confiar en que la inteligencia que compartimos esté protegida”.

Su argumento introduce así una dimensión geopolítica en una discusión que también involucra conectividad, infraestructura digital y relaciones comerciales. Para Washington, el punto decisivo no sería simplemente quién financia o construye una infraestructura, sino quién puede ejercer control sobre ella y qué consecuencias tendría eso para el intercambio de información sensible.

“La línea roja es la soberanía”, resumió.

La disputa por la influencia.

Judd también reivindicó el peso de Estados Unidos en la economía chilena. Afirmó que Washington ha sido “el principal socio económico de Chile durante más de 30 años” y sostuvo que Estados Unidos continúa siéndolo, aunque reconoció que China es el principal destino de las exportaciones chilenas.

Su argumento, sin embargo, va más allá del comercio.

“China invierte muy, muy poco dinero en Chile. China no crea empleos en Chile. Estas son cosas que sí hace Estados Unidos”, afirmó.

Se trata de una comparación que revela otra dimensión de la disputa: no solo está en juego el intercambio comercial entre Chile, Estados Unidos y China, sino también la influencia que cada potencia busca ejercer sobre un país que mantiene relaciones económicas profundas con ambas.

En ese contexto, las declaraciones de Brandon Judd adquieren un significado mayor que el de una simple controversia diplomática. Su estilo puede ser poco convencional, pero el mensaje es bastante convencional en términos geopolíticos: Estados Unidos está defendiendo sus intereses y espera que Chile considere sus advertencias cuando esas prioridades entren en conflicto con las de Beijing.

La diferencia está en la forma.

El propio embajador lo ha dicho: ya no se trata de la diplomacia “del pasado”. Se trata de una diplomacia más directa, menos preocupada por las susceptibilidades y explícitamente enfocada en los resultados.

Y Judd parece dispuesto a ejercerla sin pedir disculpas por el ruido que pueda provocar.

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