Por: Guillermo Mimica – Abogado y escritor.
Es posible imaginar a los primeros cavernícolas cazando, recogiendo frutos, buscando plantas para alimentarse, protegiéndose del frío y del calor. Milenios después, a nuestros mismos ancestros, ya más desarrollados, en constante trashumancia para buscar suelos fértiles y agua. En su lucha por la supervivencia, lo más seguro es que vivieran confrontados a todo tipo de amenazas. La incertidumbre era el estado normal de su frágil existencia. Sin disponer de tecnología para anticipar nada; a lo más, observaban las nubes y la dirección de los vientos y, ante las catástrofes y las fieras salvajes, solo huían. Todo era imprevisible, incontrolable, incierto.
Desde entonces, la regla general ha sido vivir en la incertidumbre. Y esta constante parece estar hoy más vigente que nunca; porque si antes se temía por la vida propia y la del grupo humano, hoy la incertidumbre afecta a la humanidad y al planeta.
Como todo sentimiento, la incertidumbre es invisible; pero pesa hasta oprimir y se siente como el trueno. La definición de la RAE es escueta y hasta algo avara: “Es la falta de certeza o de conocimiento seguro” —nos dice—.
Esta se manifiesta ante la ignorancia acerca de algo importante y ante la impotencia por no poder actuar para anticipar o solucionar lo imprevisto. En toda sociedad, la incertidumbre provoca fuertes emociones, miedo, ansiedad y preocupación; sentimientos que, expresados colectivamente, son males mayores.
Afrontar la incertidumbre.
Para afrontar la incertidumbre, parecieran existir dos caminos:
Por un lado, la historia nos enseña que esta es una constante que camina al ritmo de nuestros pasos, pegada como sombra a la humanidad. Siempre y en todo lugar, las sociedades, al momento de buscar proyectar su futuro, se les interpone una cortina de incertidumbre que dificulta la visión y la acción, recordando a cada pueblo, a cada generación, su extrema pequeñez. Sortearla es un logro valorable, y la política y la ciencia se esfuerzan en ello.
Ante la dificultad para disipar la incertidumbre, muchas civilizaciones han recurrido a los dioses, o a Dios, de quienes recogen explicaciones acerca del pasado y del futuro. La incertidumbre entonces desaparece, o al menos se atenúa con la fe. A los dioses o a Dios se apela ante muchas cosas, entre otras, ante la falta de certeza que genera lo desconocido. Para los creyentes, es Dios quien señala los caminos futuros que los humanos adoptan en libre albedrío.
Para ahuyentar temores y vislumbrar futuros, otros recurren a la ciencia. Y si bien hoy en día religión y ciencia han superado disputas, hubo tiempos en que la confrontación era a muerte. Durante siglos, en Occidente, una parte de la ciencia debió investigar a escondidas de la Iglesia y afrontar sus implacables dictámenes. Hasta hoy, algunos talibanes cuestionan la ciencia y el arte en nombre del Profeta.
La demencia acentúa la incertidumbre.
En esta era contemporánea, antes de la Revolución Francesa, nadie podía prever el fin de la monarquía y, en medio de la incertidumbre, se constituyeron las repúblicas. Con el mismo sentimiento, un siglo más tarde, las tropas marcharon hacia el campo de batalla en la Gran Guerra, pensando que esta duraría a lo más unas semanas. La incertidumbre social se manifestó también unos años después, durante la Depresión de 1929, con quiebras de empresas, millones de desempleados, protestas y gobiernos desorientados. Desde el final de la II Guerra y los tratados de la OTAN y el Pacto de Varsovia, con la Guerra Fría, la humanidad pasó a vivir en la incertidumbre de la confrontación nuclear.
Los avances tecnológicos, la globalización, la IA, la velocidad de la información y del acontecer han creado un entorno incierto y de inmediatez. Como vemos cada día, guerras, amenazas, una crisis cualquiera afectan inmediatamente a los mercados y al mundo.
Las decisiones de Trump o sus amenazas cambiantes repercuten en regiones enteras. Su narcisismo descontrolado y patológico, es el generador de esta brutal incertidumbre en que estamos sometidos. El daño ya causado, más que en barriles o en tarifas aduaneras, se cifra en vidas humanas. Y, tal como observamos con impotencia y desazón, a Trump le han salido competidores: Putin, Netanyahu, Kim Jong-un y los ayatolás iraníes, por sus ansias de poder y fanatismo, son tan y más peligrosos.
Todos hemos integrado, hasta en nuestro subconsciente, que el planeta puede desaparecer en un instante. Nuestras vidas se encuentran bajo una espada de Damocles —de Pericles, dijo alguna vez un conocido diputado de bigotes gruesos a fines de los sesenta—. Basta que un demente apriete el botón para que la espada se descuelgue y caiga sobre nosotros. Y dementes con poder de exterminio hay varios dando vueltas en sus jaulas. Resulta entonces aterrador constatar que dependemos de esas mentes desquiciadas que provocan la mayor de las incertidumbres.
Nuestra común incertidumbre.
En democracia, la política es la encargada de superar la incertidumbre, diseñando estrategias e impulsando medidas que generen confianza. En nuestro país, la polarización, responsabilidad conjunta de gobernantes y opositores, alimenta la incertidumbre de la gente. Vemos con pavor que todo diálogo se torna imposible y los debates públicos suelen terminar en insultos o cancelaciones.
Llevando la reflexión hacia este plano local, dos casos ilustran lo expuesto:
El primero está ligado a la necesidad de favorecer la inversión, factor clave del desarrollo. Las medidas para fomentarla son múltiples, pero la más importante es crear condiciones para terminar con la incertidumbre provocada por permisos y judicializaciones para quienes invierten, entregándoles seguridad jurídica, fiscal, social y política. El “clima favorable a la inversión” pasa por favorecer la confianza, y razón tiene el gobierno en apuntar a medidas que logren ese fin.
El segundo ejemplo es la reciente campaña presidencial en la que temas como inmigración, narcotráfico, corrupción e inseguridad —en una mezcla peligrosa y a veces infame— fueron expuestos como causantes del clima de incertidumbre. Para remediar tales males, las promesas fueron de tal magnitud que el actual gobierno paga hoy las consecuencias de sus elocuentes compromisos imposibles de asumir.
Por cierto, la receta para afrontar la incertidumbre no es individual; vivimos en sociedad, somos un todo colectivo. Tal vez la mayor diferencia entre el actuar de los humanos de la antigüedad y el de esta época individualista sea, precisamente, la solidaridad presente en todas las civilizaciones, lo que hoy extrañamos. Solo unidos es posible crear certezas.
Las transformaciones sociales suelen surgir en los momentos de duda. Innovaciones, reformas y nuevas alternativas se han producido cuando la sociedad se ha visto obligada a enfrentar desafíos. Así pues, aun cuando la incertidumbre provoque temores, es también capaz de generar cambios de modelos.
¿Quién podría creer que la historia se haya forjado en medio de certezas?
Por el contrario, es sabido que las grandes decisiones han sido adoptadas con informaciones parciales e incompletas, a veces al azar de las circunstancias.
Así como la sombra se oculta del sol que nos alumbra, la incertidumbre es esa sombra que depende de nuestro avance para ser vista. Domesticarla es posible; transformarla en una aliada es una meta.
Las sociedades han enfrentado momentos de gran incertidumbre y, sin embargo, han encontrado la forma de avanzar. Quizás, el verdadero camino no consista en predecir el futuro con exactitud, sino en desarrollar la capacidad de vivir arrastrando nuestra sombra incierta.

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