Por todas partes escuchamos que el país está dividido. Incluso para definir esa división, estamos divididos. No es tan fácil delimitar los bandos en cada coyuntura. Incluso hay una división entre los que piensan que el país está dividido y los que no.

Se podría decir que desde la auto denominada «independencia» de nuestro Chile, nos hemos puesto en bandos irreconciliables y estamos siempre listos a «darnos» e intercambiar «groserías» como si no hubiésemos nacido en el mismo territorio.

Nuestros abuelos contaban historias trágicas de crímenes que en nada se diferencian de las que nos llegan hoy en día. Podríamos decir que el único progreso que ha tenido este país en un par de siglos es que ahora nos enteramos más rápido de las muertes.

¿Cuál sería entonces la división actual? Algunas propuestas podrían ser: los ignorantes y los ignorados; los violentos y los pasivos; la «gente de bien» y los políticos; los indignados por esto v/s los indignados por aquello… Ni siquiera hay ya una lucha de clases porque en todo estrato económico hay de un bando y del otro. Hay pobres que apoyan causas que sólo favorecen a los ricos y hay ricos que se rasgan las vestiduras por los cambios sociales mientras sostienen un vaso de whisky.

Cualquiera que sea el tema, lo cierto es que nos volvemos extremistas de una posición o de la otra y, ¡para qué negarlo!, eso es una delicia.
A continuación, algunas de las ventajas que tenemos los extremistas:

1 – No tenemos que usar el cerebro. Podemos decir todas las bestialidades que se nos ocurran y nadie nos va a debatir, por temor a que nos enojemos o por simple lástima. Además, si alguien nos cuestiona, fácilmente los anulamos con un calificativo y listo. «¡Ustedes (idiotas, millenials, acomodados, fachos pobres, nazis, feminazis…) son todo(a)s iguales!»

2 – No nos invitan a eventos familiares o sociales aburridísimos. Nos salvamos de los baby showers, los aniversarios, los encuentros de exalumnos, las fiestas de empresas de fin de año, Etc. No hay que comprar regalos a ningún amigo secreto, ni soportar interminables discusiones sobre la actualidad nacional o internacional. Nuestra fama de intransigentes nos garantiza la paz y la maravillosa y bendita soledad.

3 – No nos dejan a cuidar los niños de la familia. Piensan que les vamos a llenar las cabecitas de ideas raras y buscan a alguien más. Nos evitamos preguntas ininterrumpidas de esos mocosos que quieren todo explicado. Nada más incómodo que un pendejo inquisitivo o una chiquilla muy astuta.

4 – No tenemos que ser coherentes. Podemos creer cosas completamente incompatibles y seguir caminando con la frente en alto sin que a nadie le importe. Podemos estar a favor o en contra de algo y encontrar en la web el artículo o la noticia «fake» que lo respalde y listo. Podemos poner nuestras creencias por encima de toda lógica o consistencia y salir airosos de cualquier discusión.

5 – No nos piden contribuciones para ninguna causa. Ni firmas, ni encuestas, ni nos invitan a visitar sitios que apoyan esta iniciativa o aquella supuesta injusticia. Ya saben que no damos aportes, ni diezmos, ni vacas. Todas esas sinvergüencerías no son más que pérdidas de tiempo. Tampoco estamos para marchas, paros o movilizaciones que lo único que dejan es mugre y graffitis.

6 – Nadie nos pide que seamos su aval. Ni nos buscan para proponernos sociedades o negocios. Nos rodeamos de un círculo de protección impresionante a la hora de mencionar asuntos económicos. Nadie quiere tener deudas con nosotros ni que les debamos nada. Tampoco nos ofrecen batidos energizantes o adelgazantes ni perfumes. Nos sacan de las listas de correo, nos bloquean en las redes sociales y nos expulsan de los grupos de chat, lo que nos brinda una tranquilidad que no tiene precio.

7 – No nos solicitan que hagamos brindis o discursos. Tampoco nos obligan a participar en blogs o publicaciones de la empresa. Además, estamos protegidos de cualquier despido o suspensión pues hay el temor de que los demandemos por persecución a nuestras ideas o creencias y exijamos protección a nuestras libertades.

Por eso tenemos que dejar claro que tenemos una creencia inamovible entre la frente y la nuca y que además somos APELLID-istas furiosos.

Si nuestro partido extremo gana la elección, estupendo. Estamos protegidos durante todo el periodo. Haga lo que haga quien ganó tenemos la excusa de que fue el anterior el que dejó la «embarrada» y que no va a alcanzar el tiempo para repararlo.

Si perdemos la elección, ¡mejor todavía! Seremos oposición insoportable e incómoda para todos los que votaron por el ganador. ¡Qué delicia!

En todos los casos, siempre ganamos los extremistas.

Editor: contacto@noticiascomunitarias.cl

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